La verdad es que no sabría decir por que decidí crear este blog. Lo más sencillo, sería reconocer que siendo el escribir historias algo que siempre me ha gustado. La posibilidad de exponerlas para que cualquiera pueda leerlas me incentivó a tomar la decisión. Sea como sea, esta resultando una interesante experiencia, un atractivo divertimento del que quiero hacer participe a todo el que guste.







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miércoles, 18 de mayo de 2011

La niña de ojos tristes

                                                                       1ª Parte

La tarde era fría y desapacible, el tiempo no invitaba en absoluto a salir de casa. Aún así acudí al cementerio llevado por una firme determinación. El cortejo fúnebre no podía ser más escaso, pensé viéndolo aparecer en ese momento. Apenas media docena de personas, familiares supuse, acompañaban a los inexpresivos padres que caminaban en silencio tras el féretro, llevado en un carrito por los empleados del cementerio. El silencioso grupo se detuvo frente al lugar donde se iba a realizar la inhumación. Desde donde me encontraba pude apreciar todos los detalles de la ceremonia, permaneciendo en un discreto segundo plano sin hacerme de notar. Todo fue muy rápido. Simplemente esperaron a que el ataúd fuera introducido en el nicho. E inmediatamente sin más dilación el grupo se alejo. Nadie pronunció unas palabras a modo de despedida, o soltó una lágrima, un lamento. Ni nada por el estilo, ni quiera el más leve suspiro apesadumbrado. Fue un acto totalmente inocuo. Desprovisto de toda emoción o muestras de dolor, que me hizo sentir una extraña sensación de abatimiento. Debía ser el único de los presentes que parecía lamentar aquella muerte. El único para quien la fallecida significaba algo.

Recuerdo su cara de niña y aquellos ojos tristes de mirada fría y distante. No podría asegurar con certeza cuando me fijé en ella por primera vez. Tan solo sé que un buen día reparé en su presencia, fue así de pronto, sin más. La vi pasar por la calle, cargada con los libros del colegio. Yo estaba en el portal de mi casa, esperando a que un amigo pasara a recogerme para ir a tomar un café. Cuando de pronto, me encontré observándola detenidamente mientras pasaba por la acera de enfrente. Ella pareció darse cuenta y durante unos segundos nuestras miradas se encontraron. La tristeza que reflejaba su semblante me impactó profundamente. No sabía nada de ella, pero de inmediato sentí crecer un profundo e incomprensible interés. Durante los días siguientes ya no pude apartarla de mi mente más que en los momentos que me encontraba concentrado en algo. Pero invariablemente su recuerdo volvía una y otra vez. Aquello me preocupaba e incluso llegó a asustarme. No podía tener más de quince años, tal vez alguno menos. Mientras que yo acababa de terminar mi carrera de aparejador y empezaba a salir con la que terminaría siendo mi esposa. Aquellos pensamientos se me antojaron descabellados. Pero por más que lo intenté, no pude resistir la tentación de volver a verla. Así que durante una semana entera, estuve esperándola para verla al salir de clase, por la mañana y por la tarde.  Interrumpiendo puntualmente mis estudios de oposiciones, para aquella especie de extravagante ritual que se repetía cada vez. Era como estar aguardando para una cita fugaz, con aquella extraña criatura. Averigüé además de forma solapada cuanto  pude sobre ella, quienes eran sus padres, donde vivía, resultó que éramos casi vecinos y por supuesto su nombre, Virginia. Un nombre de lo más apropiado para semejante muchacha cuyos ademanes suaves y delicados movimientos yo empezaba a conocer sobradamente. Los retazos de información que fui reuniendo eran bastante simples, necesitaba saber más. Pero tampoco me atreví a demostrar abiertamente mi interés, aquel era un tema delicado. Tratar de hablar con ella se me antojaba algo totalmente descabellado así que esa posibilidad estaba descartada. Llegué entonces a la conclusión de que sólo tenía una forma de intentar averiguar algo más.

Una tarde armándome de valor bajé a la barbería de la esquina. Don José, el maestro había salido a tomar un cafelito con un conocido y en la barbería sólo estaba Federico el aprendiz. Fede era vecino del barrio y tenía cuatro o cinco años menos que yo, nos conocíamos desde pequeños. Pregunté por Don José, a sabiendas de que tardaría en volver al menos media hora. Desde el balcón de mi casa, mientras esperaba mi oportunidad para llevar a cabo el plan que se me había ocurrido. Le había visto salir charlando amigablemente con su acompañante. Fede pareció decepcionado cuando dije que ya pasaría otro día. Así que proseguí con mi estrategia, insinuando que si él se atrevía, a mi no me importaba ponerme en sus manos. Total sólo quería que me retocara un pelín las patillas y el cuello. La cara se le iluminó al instante y rápidamente hizo los preparativos. Por fin cómodamente instalado en el sillón giratorio aguardé a que iniciara su trabajo. Mientras manejaba las tijeras, Fede empezó a relatarme los chismes del barrio. Era un consumado parlanchín al igual que Don José y estaba al tanto de todo lo que ocurría por allí ladinamente le seguí el juego durante unos minutos, comentando que con todo lo de los estudios y la universidad, andaba un tanto desconectado de la vida del barrio. El se mostró comprensivo diciendo que era normal. Sobre todo ahora que todo el mundo va a lo suyo y no hay casi relación entre el vecindario. Por supuesto me mostré de acuerdo con el y me las arreglé para conducir la conversación hacia el tema que me interesaba. Así que empecé a contarle como el día anterior estuve apunto de meter la pata. Había confundido a una muchacha con la hermana de mi viejo amigo Luis. Menos mal que me di cuenta a tiempo comenté resignado. La hermana de Luis debía tener ahora unos veinte años y esta chica era más joven. Dije, describiendo someramente a Virginia. Fede me hizo una descripción mucho más detallada de la hermana de Luis y de sus atributos. Estaba hecha toda una mujer y seguro que en cuanto la viera la reconocería sin ninguna duda. –Comentó en tono resuelto- A juzgar por su forma de hablar comprendí que a él, la hermana de Luis le interesaba mucho más que a mi Virginia. El tema se estaba saliendo un poco de mis intereses. Pero finalmente conseguí reencauzarlo y Fede se dejó llevar por un par de inocentes y oportunos comentarios sobre la joven desconocida. El chismorreo era su debilidad y sabia de sobra a quien me estaba refiriendo con mi aparente ignorancia. Podía sacarme de dudas y ponerme en antecedentes.

Virginia era hija de Manolo el escayolista. Un hombre que se había casado a los cincuenta y pico, por medio de uno de esos arreglos tan propios de otros tiempos. Manolo no era mala persona, un tanto rudo y taciturno quizás, pero un trabajador incansable que se ganaba la vida holgadamente, no tardaría en jubilarse. Lola la madre, tampoco era ninguna niña cuando dio a luz a aquel único fruto de una unión tardía. El parto había sido complicado y la niña nació con muchos problemas. Se llegó a pensar que no sobreviviría, pero al final sí lo hizo. Aquella no era una familia feliz ni mucho menos. En el vecindario se comentaba que el matrimonio apenas se hablaba, limitándose a vivir en la misma casa. A Virginia le faltaba calor del hogar familiar. Su existencia era triste y rutinaria, sin el afecto de unos progenitores, algo mayores para criar a una hija adolescente. Además seguía teniendo una salud frágil y delicada que cada cierto tiempo le daba algún que otro susto. Con catorce años la vida de Virginia no podía resultar más complicada.
Fede relató la historia de la misma forma que podía haberlo hecho Don Francisco. Era evidente que estaba aprendiéndolo todo de su maestro, no solo el oficio. Sino hasta el más mínimo detalle de como hablar, comportarse o adular convenientemente a la clientela. Eso último fue exactamente lo que hizo conmigo a continuación. Darme un poco de coba, antes de pasarme el espejo de mano y preguntarme en tono cordial, que me parecía el resultado. Ciertamente lo había hecho muy bien y me mostré encantado, felicitándole con sinceridad. Después de pagarle y dejarle una propina, me despedí de Fede dándole las gracias por sus atenciones. Acababa de serme de gran ayuda y no sólo por el corte de pelo, que en realidad no me hacia ninguna falta. Su historia sobre Virginia era mucho más de lo que yo podía esperar. Cuando salía me cruce con Don Francisco que regresaba de su tertulia, pareció sorprendido de verme. Pero le complacieron mis felicitaciones por los progresos de su avispado aprendiz.

Un rato después acudí puntualmente a mi cita de cada tarde. Ella también lo hizo y la observé durante un instante. Entonces nuestras miradas se encontraron, haciendo que por un momento me sintiera tentado de llamarla. Aunque finalmente no fui capaz de atreverme a ir tan lejos. Que le iba a decir yo a una cría de catorce años. Que me interesaba aquella extraña vida suya. O que si alguna vez necesitaba hablar con alguien podía contar conmigo, que estaba dispuesto a ser su amigo. Por más que lo pensaba no dejaba de parecerme una locura. Pero mientras volvía a mi cuarto para meterme en los libros, sólo pensaba en una cosa. ¿Que podía haber tras aquellos ojos tristes?

11 comentarios:

pseudosocióloga dijo...

Me gusta.

Doctora Anchoa dijo...

Muy bien escrito, sí señor. ¿Es un relato suelto o el principio de varios posts?.

juan andrés estrelles dijo...

Gracias Pseudo, un abrazo.

Es el primero Doctora, quedan otros dos post. Me alegro de que te haya gustado y espero que el final no te decepcione. Un abrazo.

Antony Sampayo dijo...

Buena historia la de Virginia, Juan, y el recurso del peluquero: fenomenal; lo que no saben estos no lo sabe ninguno, je je je. Una prosa fantástica con un dejo de misterio que amarra al lector; me dejaste intrigado, amigo, no te tardes con la continuación.

Abrazos.

abril en paris dijo...

Una historia que mantiene el suspense..el relato nos pone en la misma situación del vecino que mira desde una ventana :-)

Un saludo :-)

JL dijo...

Me gusta, y estoy deseando leer mas. Pobre Virginia, algo debe de pasar con ella.
Un abrazo.

Cecy dijo...

Me llena de intigra Virginia y sus ojos tristes.

Un beso.

juan andrés estrelles dijo...

Gracias Anthony, pronto llegara el final, espero que te guste.

Gracias Abril, un abrazo.

Hola JL, me alegra leerte por aquí. Un saludo.

Otro beso para ti Cecy

La pequeña Meg dijo...

Me alegro de que estés de vuelta, se me han opasado 3 entradas por lo que veo, asi que espero comentarte cdo las haya leido bien en breve...un besote!!

Claire dijo...

Estoy intrigadísima... sigo con la segunda parte, que he llegado tarde pero más vale tarde que nunca ;-)

juan andrés estrelles dijo...

Gracias Meg.
También a mi me alegra haber vuelto. Esperaré tu opinión, otro beso para ti.

Tranquila Claire, no hay prisa.