La verdad es que no sabría decir por que decidí crear este blog. Lo más sencillo, sería reconocer que siendo el escribir historias algo que siempre me ha gustado. La posibilidad de exponerlas para que cualquiera pueda leerlas me incentivó a tomar la decisión. Sea como sea, esta resultando una interesante experiencia, un atractivo divertimento del que quiero hacer participe a todo el que guste.







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jueves, 19 de mayo de 2011

La niña de ojos tristes II

2ª parte

Yo era el mayor de tres hermanos y todos estábamos estudiando una u otra cosa. Mis padres trabajaban duro para sacar la familia adelante y aunque vivíamos holgadamente, los gastos eran considerables. Por eso cuando mi madre me comentó lo de aquel trabajo me interesé de inmediato. Unos conocidos suyos  que regentaban una panadería, buscaban alguien que sustituyera temporalmente a uno de sus empleados. Trabajaría cuatro horas diarias repartiendo pan, pastas y bollos con una pequeña furgoneta. Tendría un horario relativamente cómodo, de siete de la mañana hasta las once, seis días a la semana. Sería cosa de un par de meses y me pareció una oportunidad estupenda. Aquel dinero serviría  para ayudar a  mis padres con tanto gasto.  El horario además me permitiría seguir estudiando sin ningún problema. Aquella nueva situación, hizo que dejara de ver a Virginia, andaba demasiado ocupado entre una y otras cosas. Si bien de vez en cuando su recuerdo me hacia pensar en ella.
Finalmente lo del trabajo se alargó más de lo previsto. El chico al que estaba sustituyendo tardó finalmente tres meses en recuperarse de su operación de menisco. Así que para cuando eso ocurrió mis oposiciones estaban apunto de salir. Trabajé muy duro esas últimas semanas empollando sin descanso. Me sentía muy preparado y deseaba con toda mi alma conseguir aquella plaza. Por suerte todo salió a la perfección y por fin logré convertirme en técnico de urbanismo. En casa montamos una fiesta increíble y acudieron todos mis familiares a felicitarme, éramos un auténtico clan y estábamos muy unidos. Quizás  fue por eso que de inmediato pensé en Virginia. A la primera ocasión me propuse acudir a una de nuestras extrañas citas.
Sucedió unos días después, ansioso la espere en el portal y ella apareció sin falta. Me sentía nervioso y no tenía muy claro como iba a actuar a continuación. Pero fue ella quien lo hizo y no supe reaccionar a tiempo. Venía andando por la acera como ensimismada, hasta que se fijo en mi presencia  Por un momento pareció sorprendida de verme, era como si no me esperara después de tanto tiempo. Pero entonces reaccionó y en sus labios se dibujó una desangelada sonrisa. Al tiempo que alzaba ligeramente la barbilla en un gesto que parecía ser una especie de saludo. Aquel gesto tan simple y espontáneo me dejó petrificado y supongo que con cara de imbécil. Acababa de quedarme fuera de juego sin capacidad de reacción. Impotente y confundido, incapaz de reaccionar solo pude ver como se alejaba lentamente calle abajo. Mientras por mi cabeza pasaban un montón de confusos pensamientos. Al día siguiente la esperé en vano pero no volví a verla, ni al otro, ni al otro. Aquella repentina ausencia me puso de los nervios y empecé a preocuparme seriamente. Al día siguiente mientras desayunábamos, mi madre comentó que la hija del escayolista volvía a estar ingresada. Casi me atraganté con los cereales, pero aguantando el tipo escuché atentamente el resto de la historia. Mi padre se lamentó, la pobre estaría pasándolo mal, conocía a Manolo y a su mujer eran buenas personas. Mi madre, refirió lo que le habían contado en el supermercado y luego con gesto resignado empezó a quitar la mesa. Diez minutos después me quedé solo en la cocina, había perdido el apetito. Según mi madre Virginia tenía una lesión en el corazón y los médicos no conseguían que se recuperara plenamente. Cada vez que la muchacha les daba uno de aquellos sustos todo el vecindario estaba pendiente de lo que sucedía. Por suerte hasta ahora Virginia siempre había superado aquellas crisis, debía ser una chica muy fuerte. Me quedé alucinado, no tenía ni idea de que mis padres pudieran saber tanto sobre ella, mientras que yo la había descubierto hacia tan poco. Sólo esperaba que estuvieran en lo cierto y nuevamente volviera a recuperarse cuanto antes. Me quedaban aún unas semanas libres, antes de ocupar el trabajo recientemente conseguido. Cuando lo hiciera iba a ser mucho más difícil volver a verla. Durante aquellos días realicé frecuentes incursiones por el barrio a la caza de noticias. Bajaba al supermercado, al kiosco, a la carnicería, incluso pasé a saludar a Fede en un par de ocasiones. En casa estaban encantados con mi nuevo y desinteresado afán colaborador. Pues hasta mi madre llegó a quejarse por que cuando trabajara me echaría aún más en falta.

Casi salté de alegría cuando mi madre al volver de la peluquería, comentó que a Virginia le habían dado el alta. Supe que volvió a casa a media tarde acompañada de sus padres, pero no pude verla. Aunque nuevamente me mantuve al acecho en mi guardilla, desde cuya ventana dominaba toda la calle. Aquel sitio había pasado de ser lugar de estudio, a centro de planificación de la estrategia a seguir. Estaba firmemente decidido a hablar con Virginia fuera como fuera. Mi fijación ya resultaba obsesiva, pero me resistí a aceptarlo. Unos días después el azar volvió a jugarme una mala pasada como escarmiento. Había empezado a llover y lo estuvo haciendo durante todo el santo día. Calculé que Virginia no acudiría al colegio con este tiempo o la llevarían en coche. Hacia más de una semana que regresó del hospital y aún no habíamos coincidido. Atrincherado en mi guardilla, mataba el tiempo leyendo una manoseada novela de Cela que uno de mis hermanos había comprado años atrás. Cuando un fuerte trueno me hizo dejar el libro y acercarme a la ventana para echar un vistazo. Me encanta ver como llueve, especialmente cuando empieza a anochecer y ante mi ventana se dibuja un panorama lleno de matices grises y oscuros. Llovía a cantaros sobre los tejados que se extendían ante mis ojos y densas nubes plomizas cubrían el cielo soltando su carga. No se veía a nadie por la calle observé recorriendo la acera con la mirada hasta la esquina más alejada, y entonces la vi. Estaba demasiado lejos para reconocerla con tan poca luz, pero no me cupo duda de que era ella. Su menuda figura permanecía pegada a la pared, intentando guarecerse de la lluvia bajo un recio balcón. Sin pensármelo dos veces saqué mi paraguas del armario y me precipité escaleras abajo. Vivíamos en la vieja casa de mis abuelos maternos, un edificio de tres plantas cuyas habitaciones superiores mis hermanos y yo habíamos hecho nuestras tiempo atrás. Nadie me vio pues bajar las escaleras como un loco, a una velocidad temeraria y salir a la calle empuñado decididamente el paraguas sin preocuparme por lo que estaba cayendo. Una fría y húmeda racha de viento me azotó la cara, haciendo que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo, poniéndome la piel de gallina. Con las prisas había salido en mangas de camisa y la temperatura allí fuera, distaba mucho de parecerse ni remotamente al cálido ambiente de mi cuarto. Aferrando con ambas manos el paraguas que el viento amenazaba con arrebatarme avance al encuentro de Virginia  que seguía en el mismo sitio, como si estuviera esperando mi aparición en escena. Apretaba contra su pecho la chorreante mochila, mientras a sus pies había quedado un bonito paraguas totalmente retorcido por un traicionero golpe de viento. Desde luego era la viva imagen del desamparo pensé mientras llegaba a su lado. Tenía el pelo revuelto sobre la cara y su anorak parecía empapado. Sin cruzar ni una palabra nos encontramos en la acera y ella me dedicó otra de sus fugaces sonrisas. Eso fue todo, luego avanzamos hombro con hombro bajo la precaria protección de mi paraguas. Poniendo mucha atención en no resbalar sobre la húmeda superficie que pisábamos. Apenas tardamos tres o cuatro minutos en llegar hasta su casa, mientras seguía lloviendo a mares. Casi habíamos llegado cuando una nueva ráfaga de viento sacudió violentamente el paraguas que crujió ante este nuevo envite. Instintivamente Virginia se pegó a mí y nos miramos. –Tranquila ya estamos- susurré. Ella asintió decidida y dio un par de rápidos pasos hasta la puerta, sacando las llaves. Mientras yo conseguía retener mi pobre y castigado paraguas. Entonces me volví a mirarla mientras se ponía a salvo.
-Gracias -dijo tímidamente mientras volvía a sonreírme, antes de cerrar nuevamente la puerta. Durante un instante me quedé allí parado contemplando como la lluvia empezaba a amainar, había cumplido con mi misión podía volver a casa. Pero no tenía ningunas ganas de hacerlo, quería hablar con Virginia, necesitaba hablar con ella. Pensé profundamente confuso con todo lo que me estaba ocurriendo. Había estado esperando este momento, pero no había podido despegar los labios mientras la acompañaba, ni si quiera me dio tiempo a despedirme. Contrariado reemprendí el regreso a mi casa, tenía que empezar a reconsiderarme toda aquella empanada mental que estaba teniendo.

Aquel encuentro bajo la lluvia, me hizo pescar un buen resfriado que me dejó para el arrastre. Ajena a mis andanzas mi madre se preocupó de atenderme como un rey, mientras me reponía. Al principio agradecí aquellos mimos y atenciones, pero como mi salud no se recuperaba tan pronto como era de esperar. Mi madre se empeñó en que permaneciera unos días en cama, intenté convencerla de que no era necesario pero fue inútil. Mi madre es inflexible en estos casos, quedé recluido en mí habitación. Dentro de unos días me pondría a trabajar y quería que para entonces estuviera al cien por cien. Mi novia y algunos amigos vieron a visitarme para darme ánimos, pero aquello fue un martirio. No volví a ver a Virginia. Cuando me recuperé tuve que concentrarme rápidamente en mis asuntos y en la nueva forma de vida que me esperaba.

7 comentarios:

Doctora Anchoa dijo...

¡Bien! Una nueva entrega. Me gusta, ya me reconcome saber cómo sigue.

Cecy dijo...

Ahora estoy mucho mas intrigada.

Que bien lo escribes.
Me quede prendida de el.

Un beso!

Antony Sampayo dijo...

Bueno, Juan Andrés, atrapante tu historia, quiero saber más.Por la forma como la llevas uno piensa que es autobiográfica.

Abrazos.

juan andrés estrelles dijo...

Ya no queda nada Doctora.

Gracias Cecy.

Buen ojo Antony, no andas desencaminado. La historia y sus personajes son ficticios. Pero la inspiración para la historia, si me la dieron en su momento, los ojos tristes de una niña con una historia no menos triste.

Claire dijo...

Escribes de maravilla y esta historia aunque con final triste está siendo hermosa.
Sigo leyendo esta tarde.
Besos.

juan andrés estrelles dijo...

Gracias Claire, espero que no te decepcione el final.

La pequeña Meg dijo...

Me está encantando!!!