La verdad es que no sabría decir por que decidí crear este blog. Lo más sencillo, sería reconocer que siendo el escribir historias algo que siempre me ha gustado. La posibilidad de exponerlas para que cualquiera pueda leerlas me incentivó a tomar la decisión. Sea como sea, esta resultando una interesante experiencia, un atractivo divertimento del que quiero hacer participe a todo el que guste.







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martes, 18 de enero de 2011

EL REGALO

Siempre le pasaba lo mismo. Decididamente lo de hacer regalos no era lo suyo. Pues fuera quien fuera el destinatario del obsequio el nunca tenía ni idea de que regalar. En principio la opción – tantas veces socorrida - de salir a dar una vuelta y mirar de encontrar algo que le pudiera sacar del aprieto. Se le antojo la solución ideal al problema. De todas formas como su madre solía decir, el era un comprador impulsivo. Hoy sin embargo no estaba siendo su día. Pues tras pasar más de media tarde dando vueltas por las tiendas del centro empezaba a desesperarse. La tienda de punto, en donde las Navidades pasadas había encontrado aquel magnifico chal para su hermana, constituía ahora la última opción posible. Fue mientras se dirigía hacia allí cuando se fijo en la pequeña platería pegada a la sala de municipal de exposiciones. Era la primera ocasión en que reparaba en la presencia del coqueto escaparate, en donde sobre una serie de bandejas de terciopelo azul. Se alineaban toda suerte de objetos de decoración realizados en plata, algo así no entraba en sus planes. Pero entonces descubrió un puñado de anillos, expuestos en un pequeño cofre que hacía de joyero. Fue como una revelación, y llevado por uno de  aquellos impulsos suyos se dirigió hacia la puerta y sin más entró.
Comparado con la impresión que ofrecía desde fuera. La tienda le pareció bastante grande una vez se encontró en el interior. Donde un hombre grueso, embutido en una gabardina gris y una anciana de aspecto menudo. Estaban siendo respectivamente atendidos por un par de diligentes dependientas. La verdad es que la decoración y el ambiente, le recordaron al instante a una de esas tiendas de antigüedades que a veces salen en las películas. Solo que al viejo y misterioso propietario que en estos casos regenta el local. Aquí no se le veía por ningún lado, y tras el mostrador acristalado, las chicas parecían un tanto fuera de lugar. De todas formas puede que después de todo entrar hubiera sido una perdida de tiempo. Pensó echando un vistazo a una vitrina cerrada en la que se exponían una docena de figuras de hermosa factura.
  -¿En qué puedo ayudarle? – Le preguntó una de las dependientas, viniendo hacia el cuando acabó con el señor de la gabardina. Que salía en aquellos momentos musitando un hasta luego.
-Esto, vera quisiera ver un anillo. – Empezó a decir en tono dubitativo incomodado por el tratamiento.
-Los del escaparate. – Se anticipo ella esbozando una sonrisa comprensiva. – Un momento y le enseño los muestrarios.- Añadió indicándole que se acercara al mostrador. Donde su compañera empaquetaba cuidadosamente una tetera para la anciana.
El anillo en forma de flor que destacaba en el centro de la bandeja le llamó la atención nada más verlo. Pues supo al instante que era exactamente aquello que estaba buscando. Pero la sortija con el corazón en relieve, que la dependienta le mostró sacando un nuevo muestrario. Era una autentica pasada. A Irene le gustaban las sortijas y aquella resultaba muy original. Ya casi podía imaginar la sorpresa que se llevaría al verla, alucinaría.
-¿Es bonita verdad?- Dijo la chica viendo como el la observaba con detenimiento.
- Si que lo es – Admitió el tomando el anillo y comparando ambas piezas. Olvidándose por completo del resto. Estaba claro que la elección quedaba entre aquellas dos.
- Esas son sin duda las mejores. Aunque si quiere, puedo mirar si queda otro muestrario para que tenga más opciones.- Comentó ella en tono servicial.- No tiene por que precipitarse, no hay prisa.- Aclaro.
- No, no será necesario – Aseguró el con tono decidido, dejando el anillo.- Me quedo con la sortija.- Dijo satisfecho con la elección.
- Perfecto pues, ya vera como no se arrepentirá. Se lo aseguro.- Dijo la dependienta buscando con la mirada la opinión de su compañera, que acababa de despedirse de la anciana.
-Es una sortija muy bonita.- Confirmó la otra con vehemencia. Acercándose para hacerse cargo de guardar los muestrarios, mientras su compañera metía la sortija en un estuche que a continuación envolvió en papel de regalo.
- Bien aquí tiene, son cinco mil doscientas – Dijo la chica una vez tubo listo un paquete la mar de mono. Por suerte finalmente las cosas se habían arreglado. Pensó mientras salía de la tienda guardándose el ticket.
Llegó a casa cansado de tanto caminar, pero satisfecho por el resultado de la compra. En principio aquello se salía un tanto de sus previsiones. Puede que aquel fuera un regalo muy directo pensó atribulado. Mientras repasaba los apuntes, intentando en vano concentrarse en los estudios. A lo echo pecho, decidió convencido mientras se metía en la cama después de cenar. Ansioso por consumir rápidamente las horas que faltaban para volver a verla. Solo podía pensar en dormir para despertar cuanto antes y afrontar el nuevo día.
No consiguió dormir tranquilo. Pero sorprendentemente se levantó fresco como una rosa, y nada más salir de la cama sus ojos buscaron el paquete que la noche anterior había dejado sobre el monitor del ordenador. Olvidarlo sería un error imperdonable pensó guardándolo en el bolsillo de la chaqueta antes de ir al baño. Después dio comienzo a la rutina diaria y por primera vez en muchos años llegó a clase total mente despejado. Hoy no les coincidía la clase, lo cual le pareció un alivio. Pues tenerla cerca sin poder entregarle el regalo hubiera supuesto un suplicio. De hecho conforme fue trascurriendo la mañana. Cada vez tenía que resistir la tentación de meter la mano en el bolsillo y acariciar el paquete. Tratando de imaginar como sería el momento en que ella finalmente lo viera. La ansiedad le estaba devorando. Pero como todo acaba por llegar, las clases llegaron a su fin y el pudo entonces salir a su encuentro.
La primera vez que la vio al empezar el curso. Fue en secretaría, plantada frente al tablón de anuncios donde un plano del edificio servía para orientar un poco a los nuevos que como ella andaban algo perdidos. La distinguió entre el barullo general de gente que iban de un lado para otro saludándose tras el periodo vacacional. Realmente fue un autentico flechazo y desde el mismo momento en que se la presentaron en clase de Historia, conectaron. Después de aquello ya no pudo quitársela de la cabeza. Nisiquiera, hubo de buscar un pretexto para poder acercarse a ella de forma habitual. Pues además de coincidir en clase, resultó que tomaban el mismo autobús para regresar a casa por las tardes. Aquello si era un golpe de suerte.
Como adivinando sus intenciones hoy no solo no le hizo esperar. Si no que la encontró aguardándole junto a la fuente de la entrada, cargada con una gruesa carpeta y hablando con el pelma de Emilio. Uno de los delegados de clase, que desde que fuera elegido se creía ministro de la presidencia. Por la expresión de alegría que adivino en sus ojos, mientras con un rápido quiebro se deshacía de el plomo. El supo al instante cuales iban a ser sus primeras palabras.
-Podrías haberte dado más aire- Le recrimino con una abierta sonrisa, mientras se acercaba. Estaba espléndida con aquel conjunto vaquero y el sintió que le temblaban las piernas.
-Anda dame esa carpeta y deja de protestar, que se te veía muy contenta con la compañía.- Respondió el en tono mordaz, que ella intentó rebatir al instante con una mirada airada, que no paso de ahí. Aquel sin duda no era el lugar más indicado, pero viéndola con aquella expresión tan adorable ya  no se pudo aguantar ni un minuto más.
- Feliz cumpleaños.- Dijo en tono triunfal, mientras sacaba el paquete del bolsillo. Satisfecho por la espontánea reacción de sorpresa que se dibujo en el rostro de ella. Se quedo estupefacta y el tubo que hacerse con la carpeta, antes de volver a tenderle el regalo.
- No tenías por que.- Dijo Irene reaccionando al fin, mientras abría el paquete con ansiosa curiosidad.
- Es preciosa- Susurro contemplándola embelesada.
- Venga, póntela a ver que tal te queda.- Dijo el orgulloso del momento, mientras ella atendía su petición.
- Eres un tonto esto es demasiado y no tenías por que hacerlo.- Insistió Irene sin demasiada convicción mientras comprobaba que la sortija se le ajustaba a la perfección, como echa a medida.
- Si tenía y además me apetecía muchísimo.- La interrumpió el intentando tragarse el nudo que se le estaba haciendo en la garganta. No sabía que decir ni hacer se sentía como bloqueado.
Pero entonces el coche blanco se detuvo junto a la acera, haciendo sonar suavemente el claxon, y la cara de ella volvió a demudarse por la sorpresa.
- Iván – Gritó dando un salto de alegría. Antes de precipitarse hacia el sonriente pelirrojo que acababa de salir del coche, y la esperaba con los brazos abiertos. Sin cortarse un pelo Irene lo beso con pasión. Jaleada por dos chicos que acompañaban al afortunado Iván. A Irene se la veía radiante y tras escuchar una versión acelerada y desafinada del cumpleaños feliz. Vino hacia el con expresión satisfecha.- Disculpa - Susurro recuperando su carpeta al tiempo que le plantaba un par de sonoros besos. Fue el principio del fin. Hoy no volvería en autobús, le explico en tono apresurado. Unos amigos le habían organizado una fiesta sorpresa y su novio había pedido libre para poder ir a buscarla.
-Nos vemos mañana ¿Vale? Te debo una eres un cielo.- Dijo dándole otro beso y revolviéndole el pelo con gesto cariñoso. Antes de correr a meterse en el coche donde la aguardaba un cálido recibimiento.
-Su novio- Pensó el viendo desaparecer el coche calle arriba. Ella nunca había hablado de un novio, mientras trabajaban organizando la biblioteca, compartían el autobús de vuelta o charlaban tranquila mente entre clases. Claro que pensándolo bien. En todo este tiempo, ella apenas le había echo un par de comentarios triviales sobre su vida privada. El había estado demasiado pendiente de hablar de si mismo, como para darse cuenta de eso o simple mente no se atrevió a preguntar. Desde luego, aquello si era lo que se dice un chasco monumental. Pero de todas formas cuando tienes trece años y te enamoras de tu profesora de Historia. Corres el riesgo de que te ocurran estas cosas.

5 comentarios:

Marita dijo...

Qué lindo detalle la sortija...pero creo que su destino era otro más profundo que provocar sorpresa....en fin....que a esas edades uno hace locuras...jeje....muy lindo relato y bien contado...besoooss

pseudosocióloga dijo...

Mmmmmm, muy bonito cuento pero con trece años no tienes esa "pasta" para gastarte en un regalo, llámame puntillosa.

juan andrés estrelles dijo...

Escribí el cuento a finales de los noventa, cuando las pesetas. Ayer antes de publicarlo estuve tentado de actualizar la moneda pero lo deje tal cual. Cinco mil pesetas o treinta euros quien en su adolescencia no se las ha arreglado para conseguir un capricho. Y más para un primer amor.

Aprecio tus comentarios. Un saludo.

mamacuentista.blogspot.com dijo...

me ha gustado mucho como lo has llevado hasta el final, pobre chico

pseudosocióloga dijo...

Madame Milagros tiene el mismo fondo de blog que tú.