La verdad es que no sabría decir por que decidí crear este blog. Lo más sencillo, sería reconocer que siendo el escribir historias algo que siempre me ha gustado. La posibilidad de exponerlas para que cualquiera pueda leerlas me incentivó a tomar la decisión. Sea como sea, esta resultando una interesante experiencia, un atractivo divertimento del que quiero hacer participe a todo el que guste.







Para cualquier sugerencia, crítica u opinión.






jaestrelles@gmail.com






























jueves, 4 de agosto de 2011

RKO 281 La batalla por Ciudadano Kane

La historia de todo el revuelo formado en las últimas semanas con el cierre del tabloide sensacionalista News of the World y escándalo de las escuchas ilegales. Es según parece, uno de los momentos álgidos de un asunto que parece va para largo. Desde luego no hay duda de que la historia tiene todos los ingredientes de una buena película de intriga. Grandes protagonista en la sombra, corrupción, poder, espías y multitud de trapos sucios de toda índole amenazando con airearse a los cuatro vientos. 
Mucho se ha hablado y escrito sobre el poder e influencia de la prensa. Pero ver a alguien como Rupert Murdoch, teniendo que ir a dar explicaciones ante el mismísimo parlamento británico. Es sin duda todo un  notición. La opinión generalizada es que esta pantomima. -Lo que declaró y nada vienen a ser lo mismo-  Es lo más cerca que va a estar Murdoch de que se le exija algún tipo de responsabilidad. La tupida red de cabezas de turco, testaferros y demás compinches. Que se interponen entre el, y el epicentro del escándalo lograran finalmente mantenerle a salvo de pasar otro mal trago. Mal trago al que como apuntan los medios, tuvo que exponerse como mal necesario para poder optar a cerrar un suculento negocio. La absorción por parte de su imperio de una plataforma digital, operación que le puede reportar pingues beneficios. Como se suele decir las penas con pan son menos.  


La figura de Rupert Murdoch me recuerda en cierta forma –salvando las distancias- a la de William Randolph Hearst. Ese otro gran magnate de los medios, en el que Orson Welles se inspiro para su celebre Ciudadano Kane. En su tiempo Hearst, al igual que Murdoch en la actualidad. Controlaba un imperio mediático que le otorgaba el poder para influir libremente en cualquier institución, gobierno u opinión publica haciendo de el un personaje intocable. Por lo menos hasta que se estreno Ciudadano Kane. Considerada por muchos como la mejor película de la historia. La verdad es que parece que poco queda por decir de ella.

Lo que me ha echo recordar  otra película. Una de esas producciones realizadas originalmente para TV por la HBO, con su habitual sello de calidad y un reparto de lujo. Liev Shreiber, James Cromwell, Melanie Griffith, Brenda Blethlyn, John Malkovich
Una buena película, de esas que inexplicablemente que aquí salvo excepciones, acaban pasando desapercibidas. Producida como digo para TV   RKO 281, La batalla por Ciudadano Kane, nos cuenta la historia de las trabas e inconvenientes que hubo de superar Welles para sacar adelante su película.

Según parece la idea inicial de Welles para el personaje protagonista, era inspirarse en la figura de Howard Hughes. –Otro de esos personajes a los que echar de comer aparte- Sin embargo al parecer la vida de Hughes por aquel entonces aún no era lo suficientemente estrambótica –o al menos eso consideró  Welles- como lo llegaría a ser años después. Razón por la que finalmente se decidió por inspirarse en Hearst. Alguien con el que en aquellos momentos, nadie hubiera buscado enemistarse. Cosa que no amilano al joven Welles. Quien tras haber triunfado en Broadway, y hecho enloquecer al país con su emisión radiofónica de La guerra de los mundos. Había llegado a Hollywood con la vitola de niño prodigio. Y un contrato con la RKO para realizar tres películas. Tras un año de espera, Welles que seguía sin entregar a los estudios ninguna producción. Hasta que un día es invitado a una cena en casa de Hearst, con quien al parecer acabó teniendo una discusión. Para Welles aquello debió de ser como si le hubiera tocado la lotería. Observar de primera mano el comportamiento del excéntrico magnate rodeado por su sequito de aduladores. Así como la peculiar relación con su amante, la actriz Marion Davies. En su inmensa y decadente mansión repleta de obras de arte. Debió de suponer la concesión de todos sus deseos. Aquella era la historia que estaba buscando con semejante guión el éxito estaba asegurado. Y efectivamente, como sabemos así fue. Aunque como vemos en la película no resulto tarea fácil.   



martes, 26 de julio de 2011

Unas semanas en blanco

Antes de nada quisiera agradeceros la buena acogida que le habéis dedicado a mi último relato.  Pese a haber estado ausente más de un mes de la blogosfera. Ha sido estupendo ver como casi de inmediato vuestras visitas y comentarios empezaron a llegar. No es la primera vez que comento lo importante que es para mi el que dediquéis un tiempo a leer mis escritos. Así pues muchas gracias por seguir ahí.

En mi penúltimo post. Comenté los problemas que estaba teniendo con blogger y lo frustrante que esto me resultaba. Por suerte parecía que finalmente las cosas empezaban a solucionarse. Publiqué aquel post sin problemas, y comenté que tenía previsto otro sobre el nuevo rol de protagonista total. Que los en otro tiempo “malos de la película”,  empiezan a tener cada vez más en las nuevas historias que nos llegan. Películas, libros, series de TV, los malos “venden” y ahora ellos son los nuevos “protas” en parte de las nuevas producciones. El tema me pareció interesante y empecé a elaborar un post al respecto.

Aunque  como se suele decir mi gozo quedó en un pozo. Cuando un par de días después a los problemas con el blog se unieron, fallos del servidor de Internet, que me dejaban sin conexión. Para rematar mi mala suerte y casi como si se tratara de algo a lo que estaba predestinado. ¿Adivináis que fue lo siguiente que sucedió?  Pues si, mi ordenador se colapso. Las nefastas experiencias del pasado. Hacen que  me haya acostumbrado a tener copia de seguridad de mis relatos independientemente de su estado de elaboración. Pero como seguro que ya habréis adivinado no ocurrió lo mismo con el post sobre los malos. Así que por supuesto se perdió estando a la mitad. Ilusamente pensé que podría rescribirlo en unos días y listo. Pero la verdad es que después de todo aquello fueron pasando los días y no solo no fui capaz de escribir el post. Si no que como ya he dicho deje de escribir y participar en la blogosfera. Fue como un descanso imprevisto, un descanso frustrante todo hay que decirlo. Que al menos en parte intenté aprovechar lo mejor posible con otra de mis pasiones, leyendo y viendo películas. Quien sabe después de todo igual me sentó bien desconectar un poco, ya hos contaré.
Cuando hace una semana reuní las ganas para volver a asomarme al blog. Pensé que lo mejor sería haciéndolo con un relato, algo con lo que me sintiera a gusto. Entretanto aprovecharía para ir poniéndome al día  visitando vuestros blogs. Tomándole una vez más el punto a esto. Sigo sin poder dejar cometarios en algunos blogs y teniendo que recurrir al correo. Pero me encanta poder estar de vuelta y ver que me habéis guardado un sitio.  Besos y abrazos a todas y todos.

Por cierto en mi post Mal rollo, estuve contándoos el extraño comportamiento de unos vecinos con sus perros. Y una especie de fijación que tenían con mi perrita Dana. Comenté que incluso habían llegado a comprar dos cachorros de cocker  -una idéntica a Dana- a su mismo criador. Lo más raro era que tras verlos aquella primera vez de los perritos no se había vuelto a saber. Esto me mosqueaba bastante y en vuestros comentarios al post todos coincidíais en que la cosa tenía miga. Pues bien hace unas semanas volví a ver a la vecina con el cachorro macho de pelaje negro. Venía del veterinario de que operaran al perrito de una pata que se había lesionado jugando en el chalet de sus padres. Donde se supone que han acabado los perros por aquello de que sueltan mucho pelo. El animal venía medio dormido por la anestesia pero se veía perfecto. La vecina comentó que lo tendría una semana en casa mientras se cerraba totalmente la herida. Fue una alegría la verdad. En fin tal vez exageré al contaros mis recelos por tanto ir y venir de perros. Eso si Dana sigue manteniendo las distancias cuando nos cruzamos con los vecinos.

domingo, 10 de julio de 2011

En la oscuridad

Ya no podía aguantar más, comprendió desesperado cuando sintió un leve pinchazo en el bajo vientre. Tendría que hacerlo, tendría que levantarse no le quedaba otra opción. Suspiró abatido empezando a salir de la cama. La zapatilla izquierda estaba en su lugar. Con la derecha tuvo menos suerte y no pudo de reprimir una maldición cuando su pie desnudo se posó sobre el frío suelo. –Mierda- masculló  por lo bajo. Mientras un escalofrío le recorría la espalda poniéndole la piel de gallina. Casi con alivio esperó oír la voz de falsete de su primo Julio entonando el consabido.-Has dicho un taco se lo voy a decir a la abuela.- Pero tras unos segundos de espera. En la cama de enfrente, lo único que se escuchaba de Julio era su respiración acompasada. Para una vez que no le hubiera importado que fuera metiendo las narices, su primo dormía a pierna suelta. Se lamentó poniéndose de pie y alcanzando la dichosa zapatilla. La luz de la luna iluminaba tenuemente la habitación y le bastó dar media docena de pasos para alcanzar el interruptor de la luz situado junto a la puerta. La luz blanca de la lámpara del techo inundó la habitación como un manto protector. Nada que ver con la oscuridad que dominaba el pasillo al que se asomó dubitativo. Hacia calor esta noche, pero bajo el fino pijama de verano, la visión del largo corredor  en penumbra le puso la piel de gallina. En el extremo opuesto, una ventana por la que se colaba la luz de la luna. Refulgía como un faro que en medio de la oscuridad intenta señalar el camino. Un camino, a mitad del cual se encontraba el cuarto de baño, su anhelado destino. Ocho  o nueve metros de distancia real, que para el, dadas las circunstancias, bien podían ser ochenta o noventa. Pensó abatido saliendo de la habitación. A sus pies, la luz que a través de la puerta llegaba desde el interior. Dibujaba un alargado rectángulo que al instante le hizo pensar en una especie de trampolín. Un trampolín desde el que saltar al oscuro vacío, pensó con un resignado suspiro. Mientras parado en el centro de aquella isla de luz. Sus ojos intentaban distinguir algo entre la densa oscuridad que dominaba aquella especie de crucé de caminos que conectaba las aplantas superiores de la casona. Y que ahora el tenía que atravesar.

Situada en el centro del corredor, en la encrucijada además de las dos mitades del pasillo. Confluían, la escalera principal que subía desde la planta baja y otra más estrecha que desde allí llevaba  a la buhardilla. Un espacio del que la oscuridad no permitía apreciar  limites. Como si se tratara de una especie de agujero negro. En cuyo centro inexplicablemente, empezó a distinguir la presencia de la puerta del cuarto de baño. No conseguía saber el por que, pero era como si ciertas partes del grueso marco lacado que la rodeaba emitiera tenues reflejos entre toda aquella oscuridad. O tal vez solo fuera que en su afán por alcanzarla, sus ojos se esforzaban en localizarla en la sombra. Recreando una imagen allí donde se suponía que debía estar. Un nuevo pinchazo en su rebosante vejiga le obligó a avanzar apenas un par de cortos pasos que le dejaron al limite del oscuro abismo. Desconcertado, notó entonces como el sudor que le cubría las mejillas, la frente y el cuello empezara a enfriarse por momentos. Como si una fina mascara empezara a formarse sobre su rostro. Alterado, empezó frotarse la cara con gesto nervioso tratando de hacer desaparecer aquella desagradable sensación. Apenas lo había conseguido, cuando reparó en un extraño ruido que le hizo dar un nuevo respingo. Por suerte al instante cayó en la cuenta  de se trataba del sonido su propia respiración agitada. Que resonaba extrañamente en el silencioso pasillo. No podía seguir así tenía que controlarse, pensó angustiado. Aquello era una estupidez, razonó tomando aire y forzándose a recuperar el control.  Allí no había nada ni nadie de lo que tener miedo. Había recorrido aquel pasillo cientos de veces sin el menor problema. Se dijo en un vano intento de autoconvencerse de que efectivamente allí afuera no pasaba nada. Pero una vez más el recuerdo de la historia que una tarde había oído en la cocina le hizo estremecerse.


Todo había empezado el verano anterior, una tarde mientras merendaban en la cocina. Su abuela entró refunfuñando. Traía en las manos una pieza de ropa arrugada que le mostró a Telma. Quien enarcando las cejas tomó la prenda, una fina blusa de color rosa y examinó un par de manchas alargadas que la abuela le señaló. Parecían como rozaduras cuyo tono grisáceo resaltaba sobre el rosa de la tela.
-¿La dejó en la terraza?- dijo Telma en un tono que sonó algo preocupado.-Pensaba que la había colgado en el tendedero de su habitación.- añadió.
-Pensé en ponérmela esta tarde para salir con las amigas. Pero como estaba muy mojada decidí subirla a la terraza y dejarla un rato bajo el toldo. Iba a estar un rato en el lavadero ordenando un poco y dándole un repaso al filtro de la lavadora. Pero al bajarme me distraje y se me olvido recogerla.- explicó la abuela. Su disgusto era evidente. Durante unos segundos ella y Telma se estuvieron mirando en silencio.
-Ya hacia tiempo.- dijo finalmente Telma, tomando la blusa con resignación.
-Si, mucho, aunque no se por que llevó unos días esperando algo así.- confesó la abuela en tono quedo. Telma pareció a punto de decir algo pero la abuela la contuvo con un gesto. Se había dado cuenta de que sentados a la mesa tanto Julio, como el, permanecían atentos a la conversación. Sin molestarse lo más mínimo en disimular.
-Dejémoslo- zanjó bruscamente la abuela. Acercándose a ellos e intentando esbozar una sonrisa.-Mira que bien, otra vez batido de fresa para merendar. Por lo que veo este par de pillastres han vuelto a salirse con la suya.- comentó en un falso tono divertido. Acariciándoles las cabezas e inclinándose para darles un par de besos. –Y luego resulta que según vuestras madres soy yo la que os mima y consiente. Como si no fuerais capaces de sacarle a la pobre Telma todo cuanto se os antoja.- protestó. Haciendo como que intentaba pellizcarles las mejillas. Algo que ellos consiguieron evitar rehuyéndola entre risas. Fue un buen intento de la abuela por cambiar de asunto. Pero ellos tenían muy claro lo que habían llegado a captar de la extraña conversación entre Telma y la abuela. A los nueve años, cuando los mayores intentan ocultarte algo la curiosidad es algo muy difícil de controlar. Así que en cuanto la abuela se marchó. El y Luis empezaron a acosar a la pobre Telma para que les contara que estaba pasando, y por que la abuela se había comportado de aquella manera.


No había resultado cosa fácil Telma no se lo quería contar. Pero tras una hora acosándola hasta casi desquiciarla. Acabó por claudicar y les resumió la historia. Llevaba toda su vida trabajando para la abuela así que conocía de sobra todo lo que ocurría en la familia. Aquella casa había pertenecido a la familia desde hacía casi ochenta años. Era una casa estupenda que encantaba a todo el mundo y la familia siempre había estado muy orgullosa de disfrutarla. Esa era la ilusión que tenía el bisabuelo Rogelio cuando la construyó, que aquella fuera la casa de la familiar. Pero cuando la terminó y se empeñó en traerse a su madre a vivir con el. Resultó que a la tatarabuela Eloisa la nueva casa no degustaba en absoluto. Ella quería seguir viviendo en su vieja casa de siempre, la que había compartido con su difunto marido. Aquella casona le resultaba demasiado grande y ni los ruegos de su hijo y su nuera. O el poder tener cerca de los nietos, la hicieron cambiar de opinión. Unos meses después de que la trajeran a la casa la pobre mujer tropezó y se cayó al suelo. No fue nada grabe y el medico dijo que aparte de dolorida estaba bien. Pero asustada por la caída la pobre mujer se empeñó en permanecer en cama día tras día. Solo se levantaría para irse a su casa amenazó. Desesperado su pobre hijo estaba apunto de ceder y dejarla ir cuando la señora sufrió un cólico de riñón. Aquella era una dolencia a la que había sido bastante propensa toda su vida. Solo que en esta ocasión el cólico fue más fuerte de lo habitual y la cosa se complico. La pobre había fallecido en el hospital tras casi dos semanas peleando contra una virulenta infección. Murió sin haber podido regresar a su antiguo hogar. Con el tiempo la familia empezó a notar algunos detalles que sucedían en la casa y que nadie parecía poder explicar. Pequeños objetos que aparecían fuera de sitio. Ropa tendida a secar en la terraza, que acababa en el suelo sin que hubiera hecho aire que la hiciera caer. Sonido de pasos en la escalera o en el cuarto de plancha. Aquello tampoco es que se repitiera muy a menudo, solo de forma ocasional. Con el paso de los años la familia se acostumbró pues a vivir con ello sin darle mayor importancia.
-¿Un fantasma? ¿Hay un fantasma en la casa?- saltó Julio visiblemente excitado. No parecía asustado más bien todo lo contrario.
-No digas tonterías, eso son cosas de las películas.- había dicho Telma haciendo aspavientos. –No empecéis ahora con tonterías. Así que arreando que no tengo tiempo para historias.- refunfuño empezando a trastear por la cocina. Algo en su actitud delataba que se arrepentía de haberles contado la historia. Julio aún hizo un par de comentarios chistosos sobre el fantasma travieso. Le parecía divertido que pudiera ser algo así como Casper. Pero viendo que no le seguían el juego termino por dejar el tema. El por su parte no había dicho nada. La actitud de su abuela y el desasosiego de Telma, le habían echo comprender que aquello no era como las películas de las que hablaba Julio. Aquí no habían efectos especiales, aquí la historia era real. Ya nadie volvió a hablar del tema y como al día siguiente había sido el cumpleaños de Julio, el también pareció olvidar el asunto. Pero lo cierto es que tras escuchar aquella historia ya nada volvió a ser como antes.

La vieja casona de la abuela siempre le había parecido un sitio fantástico. Y poder pasar allí las vacaciones de verano era algo que se pasaba todo el año esperando. Aun que la verdad es que tras conocer la historia de la bisabuela, la casa ya no le parecía tan acogedora. Especialmente si tenía que recorrerla de noche para ir al baño. En aquella parte del pasillo no había interruptor para la luz y caminar en la oscuridad temiendo encontrarse no sabía muy bien con que. No era algo que le resultara nada agradable. Tratar de no beber mucho a última hora de las tardes, para no tener que levantarse al baño por la noche. Tampoco resulta nada fácil cuando el calor aprieta de lo lindo y los refrescos y helados resultan tan apetecibles. Para colmo, su gran idea de traerse una linterna para utilizarla en estos casos. Se había fastidiado por completo cuando no pudo explicarles a sus padres para que pudiera necesitarla. Seguramente se la hubieran dejado si les hubiera contado lo que ocurría. Pero aquello supondría reconocer que le daban miedo la oscuridad y las  viejas historias. Algo que con diez años no podía permitirse, Julio le haría la vida imposible si se enterara de algo así.

De pronto algo pareció cruzar frente a la ventana del final del pasillo. Ocultando por un segundo la escasa luz de la luna que llegaba desde el exterior. Eran imaginaciones suyas, o realmente aquella sobra que se deslizaba parecía tener forma humana. Pensó horrorizado sintiendo como nuevamente el corazón se le desbocaba. No era nada, no había nada decidió agitando violentamente la cabeza, como intentando apartar aquella visión. Además no tenía tiempo para más histerismos decidió avanzando apenas medio paso, mientras mantenía las piernas apretadas. Sentía la vejiga apunto de reventar. No podía más comprendió desesperado. Precipitándose apresuradamente en la oscuridad, uno, dos, tres. La cuarta zancada le hizo alcanzar la puerta contra la que su cuerpo tropezó provocando un ruido sordo. Mientras su mano se apoderaba del pomo e intentaba hacerlo girar. El pomo no se movió la puerta permaneció cerrada. En tanto que desesperado, el seguía empujándola  con el cuerpo recostado contra la fría superficie. Como si pretendiera atravesarla. Pero el pomo no se movía. Desesperado sintió ganas de empezar a gritar. Pero en la oscuridad que le envolvía solo parecía tener fuerzas para tratar de girar aquel pomo que repentinamente cedió. Haciendo que se precipitara al interior del cuarto de baño.

Un placentero estremecimiento le recorrió todo el cuerpo mientras sentía como empezaba a relajarse su saturada vejiga. Por fin, pensó entrecerrando los ojos y suspirando aliviado. Ni tan siquiera era capaz de recordar exactamente como había sido capaz de entrar, encender la luz y sentarse. Pero la satisfacción que sentía en aquel momento era todo cuanto necesitaba por ahora.  Además regresar a su cuarto era cosa hecha. Solo tenía que salir al pasillo, apagar la luz del cuarto de baño y echar una breve carrerilla hacia el refugio de la habitación que le aguardaba iluminada. Coser y cantar pensó tirando  de la cadena y empezando a lavarse las manos.

Al acercarse a la puerta un ligero sonido que le llego del pasillo volvió a ponerle los pelos de punta. Por suerte logró contenerse lo suficiente para reconocer a Julio. Cuya desgarbada figura aguardaba indecisa a medio camino del baño. Aquella si era una buena sorpresa, comprendió sonriendo divertido.
-De paseo- comentó con retintín saliendo al pasillo con gesto resuelto.
-Espera, espera no cierres que voy.- dijo Julio con tono de urgencia.
-Que pasa, te da miedo ir a oscuras.- se burló el apagando la luz durante un segundo, antes de volver a encenderla. Inquieto Julio que se había parado en seco rehuyó su mirada. Cuando el se le acercó con una sonrisa traviesa. -Gallina- le espetó, dándole un ligero empujón cuando se cruzaron. Julio apresuró el paso para alcanzar el cuarto de baño. A la puerta del cual se detuvo indeciso volviéndose para mirarle.
-Por favor no apagues la luz.- le pidió tono contrito.
-Gallina- repitió el esbozando una sonrisa cruel y entrando en la habitación. Por supuesto la idea de apagar la luz resultaba de lo más tentadora. Pero seguro que Julio no dudaría en montar un buen pollo. Despertaría a todo el mundo y su abuela acabaría por ponerse de su parte. No valía la pena meterse en líos, razonó yendo a meterse en la cama. Además ahora sabía que Julio también tenía miedo a salir del cuarto por la noche. Aquello era estupendo podría burlarse a placer. Sonrió acurrucándose satisfecho en su cama. Sentía el cuerpo agarrotado por la tensión y los ojos empezaron a cerrársele casi al instante. Había pasado un rato horrible, suspiro resignado. Sabía que si tenía que volver a ir al baño mañana su miedo seguiría estando ahí. Pero eso seria mañana. Lo que importaba es que por hoy ya había pasado el mal trago y encima tenía algo con lo que fastidiar a Julio que más podía pedir. Mañana sería otro día.

sábado, 11 de junio de 2011

Un paseo y un post

No se a vosotros pero a mi los de blogger empiezan a tenerme bastante harto. Como ya he dicho en más de una ocasión la experiencia de crear este blog ha sido algo realmente satisfactorio. Me encanta poder publicar alguno de mis relatos, o un post sobre algo que me suceda o se me ocurra y ver cual es vuestra reacción. Resulta entretenido ver como poco a poco aportáis comentarios y opiniones que como siempre digo agradezco un montón. Poder sentarme un rato frente al ordenador y pasearme por vuestros blogs, para ver y comentar vuestros posts, es ya como una terapia de relajación. Pero desde que hace unas semanas las aplicaciones de blogger empezaron a dar problemas, abrir el blog ya no resulta tan divertido. En algunos casos, para poder haceros llegar mis comentarios he llegado a tener que recurrir al correo electrónico por que me era imposible acceder a apartado de comentarios. Mi mayor temor fue leer que Malena, de Nacida en África no podía acceder a las aplicaciones de su blog. No conseguía responder a los comentarios ni publicar más posts. Fue un palo que me hizo temer lo peor. Mi funesto presentimiento se confirmó cuando el lunes pasado me di cuenta de que no podía responder vuestros comentarios. Tampoco he recibido ninguno nuevo, otra cosa de la que preocuparse. ¿Será algo pasajero? Me dije intentando auto convencerme de que la cosa se arreglaría. Pero de momento sigo en espera. La posibilidad de intentar publicar algo y que no fuera posible me aterró. Así que decidí no arriesgarme y aplazar ese posible disgusto para más adelante. Planteándome llegado el caso el intentar activar el segundo blog que aparece en mi perfil y que en su momento solo fue una prueba que se quedó sin uso.

Ayer tarde mientras paseaba a Dana me dio por pensar… Si, ya sé que alguno estaréis diciendo que no debería hacer esas cosas. Pero lo siento ya es tarde. El caso es que empecé a plantearme si al volver a casa tendría que probar a publicar un relato. Total ya puestos si tenía que afrontar lo peor cuanto antes mejor. Para intentar distraerme un poco del tema empecé a recordar el último capitulo de la serie que había estado viendo la noche anterior. El año pasado mi amiga M me regaló la serie The Shield. Siete temporadas completas, de una de esas series que te dan la impresión de estar viendo una especie de novela hecha para la televisión. Hace unos años The Shield (En España, Al margen de la ley) empezó a emitirse en algunas cadenas autonómicas y de pago. Pero su formato, nada que ver con el de Bones, CSI y similares no termino de cuajar. A los maniacos de las series en cambio nos parece magnifica. En The Shield la acción se desarrolla de forma lineal. Nada de las elipses de tiempo que se aplican en otras series policíacas, para que un caso empiece y se resuelva dentro de un mismo capitulo. En esta serie los acontecimientos y situaciones van surgiendo a lo largo de las temporadas y entrecruzándose como la trama de un libro. Un libro del que si te saltas algún capitulo es como si dejaras de leer tres docenas de paginas. Personalmente pienso que The Shield y The Wire, son probablemente las dos mejores series de intriga que se hayan hecho hasta ahora. Reconozco que mi preferida es The Wire y algún día escribiré algún post al respecto.

Pero en lo que acabé pensando ayer más que en la trama de la serie fue en su personaje central, Vick Mackey. Un policía corrupto, con puntuales a taques de moralidad del estilo Tony Soprano, otro que tal. En una reciente campaña publicitaria, aprovechando la fama de malo labrada a pulso por Lewis Hamilton. Se nos hace reflexionar sobre los malos de las películas. Esos personajes imprescindibles sin duda, para que las historias nos resulten más atrayentes. Según la campaña publicitaria cuanto peor es el malo, mejor es la película… -y el libro digo yo-
Si te paras a pensar un poco en todo esto en realidad hoy en día los malos se “venden” casi, o incluso mejor que los buenos. Ser el chico de la película, el bueno, es un rol sobre valorado. Esta reflexión empezó a hacerme pensar en un post al respecto. Un post al que empecé a dar forma en mi cabeza. Donde se quedó, puesto que al llegar a casa resultó que mi servidor de Internet me había dejado sin servicio. Así que ni blog ni post ni nada de nada. Bueno si, tocó otra ración de capítulos de The Shield. Es oír la banda sonora del inicio y Dana se pone a dormir como una bendita. Mientras escribo esto aún no se si voy a poder publicarlo en el blog. O si lo podréis leer o comentar. Veremos en que queda el asunto de momento ahí va la prueba. Eso sí, del post sobre mis reflexiones de los “malos” de película no podréis libraros.

viernes, 3 de junio de 2011

La tristeza de la niña

Antes de nada quería daros las gracias por la buena acogida que le habéis dado a la historia de Virginia. Este relato es muy especial para mí, es nunca mejor dicho, la niña de mis ojos. Es quizás por eso, por lo que me ha hecho tanta ilusión ver que pese a ser una historia triste y con un desenlace evidente. Todos estabais interesados en conocer al detalle la historia. Una de las cuestiones que destaca en los comentarios es la posibilidad de que se trate de una historia real. En principio había pensado en responder a esta cuestión con un resumen en la columna de comentarios. Pero como ya he dicho este relato me es especial. Así que finalmente me decidí por darle al comentario forma de post.
El argumento, las situaciones y los personajes que conforman La niña de ojos tristes  son ficticios. Todo es pues fruto de mi imaginación… a excepción de la mirada. Esa mirada cargada de silenciosa y triste melancolía que hace conectar a los personajes y que da pie a la historia.

En mi caso la inspiración para escribir un relato puede venir de las cosas más dispares. Desde algo que leo o escucho, pasando por situaciones que vivo o pensamientos que sin saber por que me vienen de pronto a la mente. En el caso de este relato fue esa mirada. La mirada que crucé con una muchacha que vivía cerca de la cafetería en la que yo trabajaba por aquel entonces. Había visto a la chica ir y venir cientos de veces, conocía su historia.
 Tras perder a sus padres en el plazo de tres años, había acabado viviendo en casa de unos tíos. En el vecindario toda la gente alababa la entereza con la que, tras morir su madre en un absurdo accidente. La muchacha había afrontado la dura experiencia de la enfermedad terminal de su padre. Tras tantos acontecimientos dolorosos, empezar vivir con sus tíos, en compañía de tres primos de edades similares a la suya. Habría parecido la mejor opción de que aquella chica, pudiera tener la oportunidad de recuperar parte de su adolescencia y reencauzar su vida de la forma menos traumática. Por desgracia para la pobre, la vida aún le tenía reservada una nueva tragedia. El verano anterior, a aquella tarde en que nos miramos, otro absurdo accidente le costó la vida a su tío. Rompiendo el efímero equilibrio que la vida de la muchacha había empezado a adquirir.
Teniendo en cuenta mi propia experiencia. -Mi infancia tampoco fue lo que se dice un camino de rosas.- Puedo asegurar que tanto dolor, tanta mala suerte. Acaban suponiendo una carga emocional difícil de asimilar. Como ya he dicho, la expresión de tristeza que reflejaba el rostro de la muchacha era algo en lo que me había fijado a fuerza de verla pasar. Imagino, que el hecho de conocer su historia me hizo asumir que día a día, ella intentaba sobrellevar la tristeza que parecía emanar. Pero fue aquella tarde. La única vez que me asomé a sus ojos. Cuando algo dentro de mí me hizo concebir la idea de escribir esta historia.

Han pasado diez años de aquello. Lo último que supe de ella es que por suerte su vida pareció estabilizarse por fin, concediéndole un merecido respiro. No he vuelto a verla y la verdad es que ahora, mientras escribo. Pienso que me gustaría verla sonreír, aunque solo fuera una vez. Dudo que eso me hiciera olvidar el recuerdo de aquella tarde, el recuerdo de su mirada. Sería bonito poder verla feliz. Su historia y la de Virginia no cambiarían. Mi niña de ojos tristes cobró vida inspirada por la tristeza de una muchacha. Pero tal vez la felicidad de la mujer que es ahora, sería el mejor cierre para historias tan tristes.  

viernes, 20 de mayo de 2011

La niña de ojos tristes III

Final

Empecé a trabajar en el pueblo vecino y apenas si pasaba tiempo en casa. Entre tareas profesionales, citas con mi novia y reuniones con los amigos me pasó un año volando. Aquella fue solo la puesta en marcha. A continuación todo cambió definitivamente para mí. Mis padres dejaron la casa del barrio, cuando mis hermanos terminaron sus estudios. De pronto era como si cada uno tirara por su lado.  Yo alquilé un apartamento y me independice por completo. Durante el par de años siguientes la familia ya solo se reunía en las fechas señaladas y algunos domingos, cuando acudíamos al bonito chalet donde pasaron a residir mis padres. El recuerdo de Virginia fue quedando apartado de mi mente y no supe nada más de su persona. Parece que fue ayer cuando me fijé en ella y ya han pasado seis años.

Entonces esta mañana mientras desayunábamos sonó el teléfono. Era mi madre, que desde que supo que va a ser abuela, realiza un exhaustivo seguimiento de su querida nuera. A mi mujer este afán de proteccionismo desmedido le encanta, es hija única y disfruta con el cariño desbordante que mi madre siempre le ha prodigado. Se llevan de maravilla y como de costumbre la conversación se alargó más de la cuenta. Mi padre ha llegado a proponerme que construyamos un adosado a su chalet, nos ahorraríamos una fortuna en teléfono y eso que aún no ha nacido el niño. Cuando lo haga uno de los dos se va a quedar sin esposa, el otro tendrá dos mujeres en casa. Mientras hablaban sin cesar terminé mi desayuno y fui a afeitarme. Estaba terminando de arreglarme cuando mi mujercita apareció sonriente y me dio un beso.
-No puedo creerlo -dije mirando el reloj - sólo veinticinco minutos de conferencia, Papa debe haber instalado aquel interruptor del que me habló -añadí con una sonrisa traviesa, mientras ella también se echaba a reír.
-¿Te ha preguntado por mí? -pregunté sin demasiada convicción.
-¿Tenía que hacerlo? -respondió ella sin dejar de reírse - Lo siento mucho cariño, pero me parece que tú madre ha abdicado del título, prefiere el de real abuela -dijo abrazándome cariñosamente. Uno necesita compresión cuando le van a dejar en un segundo plano, por no decir un tercero.
 -Supongo que va a venir hoy para acompañarte al ginecólogo.
-Acaso lo dudabas querido -se burló.
-No últimamente solo digo tonterías- dije con gesto abatido, que al menos sirvió para ganarme otro beso.-En fin hoy no vendré a comer, si me necesitas ya sabes donde localizarme, nos veremos esta noche -expliqué mientras me ponía la chaqueta y alcanzaba mi maletín.
-Tranquilo me encuentro perfectamente y la superabuela pronto estará a mi lado -respondió acariciándose el vientre.
- Nada podría impedírselo. – aseguré convencido.
-Desde luego que no aunque estaba un poco triste. Anoche habló con una de sus amigas y le dio una mala noticia. – comentó ella. – Parece ser que ha fallecido una joven que conocíais de vuestro antiguo vecindario. Tu madre dice que la pobre siempre estuvo muy enferma y que esto se veía venir. La he notado algo apenada.- explicó, mientras comprobaba que mi corbata estaba en su sitio y no me faltaba el más mínimo detalle.
No necesité oír su nombre simplemente algo dentro de mí supo de inmediato que era ella. Algo pareció pararse dentro de mi cabeza era como si se hubieran fundido los plomos. Entonces mi cerebro proyectó la imagen de Virginia y con aquel pensamiento fijo en mí mente pude reaccionar. Hice un par de comentarios para restarle importancia al asunto, asegurando que mamá era muy sentimental. Nos despedimos con un apasionado beso.

En el coche mientras conducía analicé todo lo sucedido seis años atrás. Pasando exhaustivo repaso a los que probablemente te habían sido los meses más confusos de mí vida. Pensaba haber dejado zanjada aquella extraña fijación que llegué a sentir por Virginia. Pero ahora me di cuenta de que mi subconsciente siempre retuvo el recuerdo, a la espera de los acontecimientos. Esta mañana tenía mucho trabajo pendiente y asuntos que requerían mi atención de inmediato. Sólo con un gran esfuerzo conseguí concentrarme, pudiendo ocuparme de resolver las cuestiones más acuciantes. A media mañana tenía la situación controlada y dejé todo listo para que mis ayudantes se ocuparan del resto. Había trabajado a destajo, quería tomarme la tarde libre, tenía algo que hacer.

Era casi la una cuando llegué a mi antiguo barrio. Allí las cosas parecían no haber cambiado demasiado. La casa en la que nací y pasé parte de mi vida ya no existía, mis padres la habían vendido a unos constructores que la derribaron para construir un moderno edificio de apartamentos. Dejando el coche me acerqué a la vieja barbería de Don Francisco. El maestro se había jubilado y al bueno de Fede  que era quién ahora regentaba el negocio. Le encontré bajando las persianas para irse a comer. Se alegró mucho de verme y enseguida empezamos a charlar animadamente. Pegada al cristal de la puerta vi la esquela con el nombre de Virginia. Fede notó que algo me ocurría, debió pensar que trataba de recordar si la conocía. Una vez más dejé que me explicara de quien se trataba y como se había producido el fatal desenlace. El paso del tiempo había acentuado aún más la afición de Fede al cotilleo. Me contó como Virginia había luchado sin descanso contra su enfermedad con una entereza encomiable. Todo el vecindario comentaba su presencia de ánimo para afrontar tan incierto futuro. Sin embargo aquel no era el único problema con el que se enfrentaba. Sus padres habían acabado por separarse, como era de esperar. El carácter distante y retraído de Virginia la hicieron seguir siendo el alma solitaria. Habían llegado a operarla en Suiza por medio de una organización que ayudaba a gente en su estado. Pero aquella intervención sólo sirvió para confirmar que el fin estaba más cerca. Habían pasado los años pero la historia seguía siendo la misma, comprendí entristecido. Todo el mundo hablaba de Virginia y sus problemas, todos estaban al tanto. Pero ninguno parecía haberse preocupado en intentar tenderle una mano a este ser tan desgraciado. Entonces lo comprendí, la soledad, eso era lo que yo había visto sin saberlo tras aquellos ojos tristes. Finalmente todo parecía tener sentido, me dije sintiéndome aún más abatido, por no  haber sido capaz de descifrar aquel mudo grito de auxilio. 
Me despedí de Fede con un apretón de manos que no fue todo lo sincero que el creía. Su historia sobre Virginia me había afectado profundamente. Estaba claro que pese al mórbido interés que todo el mundo parecía sentir por aquella muchacha, nadie había hecho gran cosa por ayudarla, por comprenderla, por apoyarla. Limitándose únicamente a compadecerla mientras se iba consumiendo sin remedio.

Llevaba desde esta mañana sin comer nada pero acababa de perder el apetito. Aún así entré en un bar y me obligué a dar cuenta de medio bocata, tenía que reponer energías, me sentía abatido. Después me entretuve dando una vuelta por los lugares en los que transcurrió mi infancia. Pensé que también Virginia debió crecer aquí soportando en silencio su ingrato destino. Era como si estuviera ahora viendo aquellos enormes ojos inexpresivos. Lentamente me fui acercando hasta el cementerio por el que di un tranquilo paseo, que sirvió para relajarme. El tiempo me pasó volando mientras aprovechaba para hacer una corta visita a las tumbas de conocidos y familiares. A la hora señalada esperé cerca de donde Virginia iba a recibir sepultura.

El cortejo fúnebre se marchó enseguida y por fin pude acercarme. Los empleados del cementerio, estaban terminando de cerrar la tumba y parecieron sorprendidos de verme. Supuse que se habían dado cuenta de la escasa emotividad demostrada por el grupo que acababa de irse. Observé como aquellos hombres concluían su trabajo y recogían las herramientas. Uno de ellos se acercó a darme el pésame y sus compañeros lo imitaron. Fue un gesto espontáneo y por lo tanto sincero, después me dejaron a solas. Estuve un rato contemplando el nombre de Virginia, garabateado toscamente con finos trazos sobre la áspera superficie de cemento aún fresco que cubría el nicho. Un solitario clavel caído en el suelo llamó mi atención. Debía haberse desprendido de la solitaria corona recostada junto a la tumba. Agachándome lo recogí y fui a depositarlo sobre el nicho. Ya no podía hacer nada más pensé resignado, ella se había ido para siempre y ya no tendríamos ocasión de llegar a conocernos. Nuevamente lamenté no haberme atrevido en su momento a dar el paso para solucionar este detalle, jamás me lo perdonaría.
Mientras salía del cementerio, no pude evitar pensar que huviera podido ocurrir si aquel día bajo la lluvia hubiéramos hablado. Cuan diferente huvieran podido ser las cosas. Creo que Virginia siempre debió necesitar un amigo y lo peor es que murió si saber que lo tenía.

jueves, 19 de mayo de 2011

La niña de ojos tristes II

2ª parte

Yo era el mayor de tres hermanos y todos estábamos estudiando una u otra cosa. Mis padres trabajaban duro para sacar la familia adelante y aunque vivíamos holgadamente, los gastos eran considerables. Por eso cuando mi madre me comentó lo de aquel trabajo me interesé de inmediato. Unos conocidos suyos  que regentaban una panadería, buscaban alguien que sustituyera temporalmente a uno de sus empleados. Trabajaría cuatro horas diarias repartiendo pan, pastas y bollos con una pequeña furgoneta. Tendría un horario relativamente cómodo, de siete de la mañana hasta las once, seis días a la semana. Sería cosa de un par de meses y me pareció una oportunidad estupenda. Aquel dinero serviría  para ayudar a  mis padres con tanto gasto.  El horario además me permitiría seguir estudiando sin ningún problema. Aquella nueva situación, hizo que dejara de ver a Virginia, andaba demasiado ocupado entre una y otras cosas. Si bien de vez en cuando su recuerdo me hacia pensar en ella.
Finalmente lo del trabajo se alargó más de lo previsto. El chico al que estaba sustituyendo tardó finalmente tres meses en recuperarse de su operación de menisco. Así que para cuando eso ocurrió mis oposiciones estaban apunto de salir. Trabajé muy duro esas últimas semanas empollando sin descanso. Me sentía muy preparado y deseaba con toda mi alma conseguir aquella plaza. Por suerte todo salió a la perfección y por fin logré convertirme en técnico de urbanismo. En casa montamos una fiesta increíble y acudieron todos mis familiares a felicitarme, éramos un auténtico clan y estábamos muy unidos. Quizás  fue por eso que de inmediato pensé en Virginia. A la primera ocasión me propuse acudir a una de nuestras extrañas citas.
Sucedió unos días después, ansioso la espere en el portal y ella apareció sin falta. Me sentía nervioso y no tenía muy claro como iba a actuar a continuación. Pero fue ella quien lo hizo y no supe reaccionar a tiempo. Venía andando por la acera como ensimismada, hasta que se fijo en mi presencia  Por un momento pareció sorprendida de verme, era como si no me esperara después de tanto tiempo. Pero entonces reaccionó y en sus labios se dibujó una desangelada sonrisa. Al tiempo que alzaba ligeramente la barbilla en un gesto que parecía ser una especie de saludo. Aquel gesto tan simple y espontáneo me dejó petrificado y supongo que con cara de imbécil. Acababa de quedarme fuera de juego sin capacidad de reacción. Impotente y confundido, incapaz de reaccionar solo pude ver como se alejaba lentamente calle abajo. Mientras por mi cabeza pasaban un montón de confusos pensamientos. Al día siguiente la esperé en vano pero no volví a verla, ni al otro, ni al otro. Aquella repentina ausencia me puso de los nervios y empecé a preocuparme seriamente. Al día siguiente mientras desayunábamos, mi madre comentó que la hija del escayolista volvía a estar ingresada. Casi me atraganté con los cereales, pero aguantando el tipo escuché atentamente el resto de la historia. Mi padre se lamentó, la pobre estaría pasándolo mal, conocía a Manolo y a su mujer eran buenas personas. Mi madre, refirió lo que le habían contado en el supermercado y luego con gesto resignado empezó a quitar la mesa. Diez minutos después me quedé solo en la cocina, había perdido el apetito. Según mi madre Virginia tenía una lesión en el corazón y los médicos no conseguían que se recuperara plenamente. Cada vez que la muchacha les daba uno de aquellos sustos todo el vecindario estaba pendiente de lo que sucedía. Por suerte hasta ahora Virginia siempre había superado aquellas crisis, debía ser una chica muy fuerte. Me quedé alucinado, no tenía ni idea de que mis padres pudieran saber tanto sobre ella, mientras que yo la había descubierto hacia tan poco. Sólo esperaba que estuvieran en lo cierto y nuevamente volviera a recuperarse cuanto antes. Me quedaban aún unas semanas libres, antes de ocupar el trabajo recientemente conseguido. Cuando lo hiciera iba a ser mucho más difícil volver a verla. Durante aquellos días realicé frecuentes incursiones por el barrio a la caza de noticias. Bajaba al supermercado, al kiosco, a la carnicería, incluso pasé a saludar a Fede en un par de ocasiones. En casa estaban encantados con mi nuevo y desinteresado afán colaborador. Pues hasta mi madre llegó a quejarse por que cuando trabajara me echaría aún más en falta.

Casi salté de alegría cuando mi madre al volver de la peluquería, comentó que a Virginia le habían dado el alta. Supe que volvió a casa a media tarde acompañada de sus padres, pero no pude verla. Aunque nuevamente me mantuve al acecho en mi guardilla, desde cuya ventana dominaba toda la calle. Aquel sitio había pasado de ser lugar de estudio, a centro de planificación de la estrategia a seguir. Estaba firmemente decidido a hablar con Virginia fuera como fuera. Mi fijación ya resultaba obsesiva, pero me resistí a aceptarlo. Unos días después el azar volvió a jugarme una mala pasada como escarmiento. Había empezado a llover y lo estuvo haciendo durante todo el santo día. Calculé que Virginia no acudiría al colegio con este tiempo o la llevarían en coche. Hacia más de una semana que regresó del hospital y aún no habíamos coincidido. Atrincherado en mi guardilla, mataba el tiempo leyendo una manoseada novela de Cela que uno de mis hermanos había comprado años atrás. Cuando un fuerte trueno me hizo dejar el libro y acercarme a la ventana para echar un vistazo. Me encanta ver como llueve, especialmente cuando empieza a anochecer y ante mi ventana se dibuja un panorama lleno de matices grises y oscuros. Llovía a cantaros sobre los tejados que se extendían ante mis ojos y densas nubes plomizas cubrían el cielo soltando su carga. No se veía a nadie por la calle observé recorriendo la acera con la mirada hasta la esquina más alejada, y entonces la vi. Estaba demasiado lejos para reconocerla con tan poca luz, pero no me cupo duda de que era ella. Su menuda figura permanecía pegada a la pared, intentando guarecerse de la lluvia bajo un recio balcón. Sin pensármelo dos veces saqué mi paraguas del armario y me precipité escaleras abajo. Vivíamos en la vieja casa de mis abuelos maternos, un edificio de tres plantas cuyas habitaciones superiores mis hermanos y yo habíamos hecho nuestras tiempo atrás. Nadie me vio pues bajar las escaleras como un loco, a una velocidad temeraria y salir a la calle empuñado decididamente el paraguas sin preocuparme por lo que estaba cayendo. Una fría y húmeda racha de viento me azotó la cara, haciendo que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo, poniéndome la piel de gallina. Con las prisas había salido en mangas de camisa y la temperatura allí fuera, distaba mucho de parecerse ni remotamente al cálido ambiente de mi cuarto. Aferrando con ambas manos el paraguas que el viento amenazaba con arrebatarme avance al encuentro de Virginia  que seguía en el mismo sitio, como si estuviera esperando mi aparición en escena. Apretaba contra su pecho la chorreante mochila, mientras a sus pies había quedado un bonito paraguas totalmente retorcido por un traicionero golpe de viento. Desde luego era la viva imagen del desamparo pensé mientras llegaba a su lado. Tenía el pelo revuelto sobre la cara y su anorak parecía empapado. Sin cruzar ni una palabra nos encontramos en la acera y ella me dedicó otra de sus fugaces sonrisas. Eso fue todo, luego avanzamos hombro con hombro bajo la precaria protección de mi paraguas. Poniendo mucha atención en no resbalar sobre la húmeda superficie que pisábamos. Apenas tardamos tres o cuatro minutos en llegar hasta su casa, mientras seguía lloviendo a mares. Casi habíamos llegado cuando una nueva ráfaga de viento sacudió violentamente el paraguas que crujió ante este nuevo envite. Instintivamente Virginia se pegó a mí y nos miramos. –Tranquila ya estamos- susurré. Ella asintió decidida y dio un par de rápidos pasos hasta la puerta, sacando las llaves. Mientras yo conseguía retener mi pobre y castigado paraguas. Entonces me volví a mirarla mientras se ponía a salvo.
-Gracias -dijo tímidamente mientras volvía a sonreírme, antes de cerrar nuevamente la puerta. Durante un instante me quedé allí parado contemplando como la lluvia empezaba a amainar, había cumplido con mi misión podía volver a casa. Pero no tenía ningunas ganas de hacerlo, quería hablar con Virginia, necesitaba hablar con ella. Pensé profundamente confuso con todo lo que me estaba ocurriendo. Había estado esperando este momento, pero no había podido despegar los labios mientras la acompañaba, ni si quiera me dio tiempo a despedirme. Contrariado reemprendí el regreso a mi casa, tenía que empezar a reconsiderarme toda aquella empanada mental que estaba teniendo.

Aquel encuentro bajo la lluvia, me hizo pescar un buen resfriado que me dejó para el arrastre. Ajena a mis andanzas mi madre se preocupó de atenderme como un rey, mientras me reponía. Al principio agradecí aquellos mimos y atenciones, pero como mi salud no se recuperaba tan pronto como era de esperar. Mi madre se empeñó en que permaneciera unos días en cama, intenté convencerla de que no era necesario pero fue inútil. Mi madre es inflexible en estos casos, quedé recluido en mí habitación. Dentro de unos días me pondría a trabajar y quería que para entonces estuviera al cien por cien. Mi novia y algunos amigos vieron a visitarme para darme ánimos, pero aquello fue un martirio. No volví a ver a Virginia. Cuando me recuperé tuve que concentrarme rápidamente en mis asuntos y en la nueva forma de vida que me esperaba.

miércoles, 18 de mayo de 2011

La niña de ojos tristes

                                                                       1ª Parte

La tarde era fría y desapacible, el tiempo no invitaba en absoluto a salir de casa. Aún así acudí al cementerio llevado por una firme determinación. El cortejo fúnebre no podía ser más escaso, pensé viéndolo aparecer en ese momento. Apenas media docena de personas, familiares supuse, acompañaban a los inexpresivos padres que caminaban en silencio tras el féretro, llevado en un carrito por los empleados del cementerio. El silencioso grupo se detuvo frente al lugar donde se iba a realizar la inhumación. Desde donde me encontraba pude apreciar todos los detalles de la ceremonia, permaneciendo en un discreto segundo plano sin hacerme de notar. Todo fue muy rápido. Simplemente esperaron a que el ataúd fuera introducido en el nicho. E inmediatamente sin más dilación el grupo se alejo. Nadie pronunció unas palabras a modo de despedida, o soltó una lágrima, un lamento. Ni nada por el estilo, ni quiera el más leve suspiro apesadumbrado. Fue un acto totalmente inocuo. Desprovisto de toda emoción o muestras de dolor, que me hizo sentir una extraña sensación de abatimiento. Debía ser el único de los presentes que parecía lamentar aquella muerte. El único para quien la fallecida significaba algo.

Recuerdo su cara de niña y aquellos ojos tristes de mirada fría y distante. No podría asegurar con certeza cuando me fijé en ella por primera vez. Tan solo sé que un buen día reparé en su presencia, fue así de pronto, sin más. La vi pasar por la calle, cargada con los libros del colegio. Yo estaba en el portal de mi casa, esperando a que un amigo pasara a recogerme para ir a tomar un café. Cuando de pronto, me encontré observándola detenidamente mientras pasaba por la acera de enfrente. Ella pareció darse cuenta y durante unos segundos nuestras miradas se encontraron. La tristeza que reflejaba su semblante me impactó profundamente. No sabía nada de ella, pero de inmediato sentí crecer un profundo e incomprensible interés. Durante los días siguientes ya no pude apartarla de mi mente más que en los momentos que me encontraba concentrado en algo. Pero invariablemente su recuerdo volvía una y otra vez. Aquello me preocupaba e incluso llegó a asustarme. No podía tener más de quince años, tal vez alguno menos. Mientras que yo acababa de terminar mi carrera de aparejador y empezaba a salir con la que terminaría siendo mi esposa. Aquellos pensamientos se me antojaron descabellados. Pero por más que lo intenté, no pude resistir la tentación de volver a verla. Así que durante una semana entera, estuve esperándola para verla al salir de clase, por la mañana y por la tarde.  Interrumpiendo puntualmente mis estudios de oposiciones, para aquella especie de extravagante ritual que se repetía cada vez. Era como estar aguardando para una cita fugaz, con aquella extraña criatura. Averigüé además de forma solapada cuanto  pude sobre ella, quienes eran sus padres, donde vivía, resultó que éramos casi vecinos y por supuesto su nombre, Virginia. Un nombre de lo más apropiado para semejante muchacha cuyos ademanes suaves y delicados movimientos yo empezaba a conocer sobradamente. Los retazos de información que fui reuniendo eran bastante simples, necesitaba saber más. Pero tampoco me atreví a demostrar abiertamente mi interés, aquel era un tema delicado. Tratar de hablar con ella se me antojaba algo totalmente descabellado así que esa posibilidad estaba descartada. Llegué entonces a la conclusión de que sólo tenía una forma de intentar averiguar algo más.

Una tarde armándome de valor bajé a la barbería de la esquina. Don José, el maestro había salido a tomar un cafelito con un conocido y en la barbería sólo estaba Federico el aprendiz. Fede era vecino del barrio y tenía cuatro o cinco años menos que yo, nos conocíamos desde pequeños. Pregunté por Don José, a sabiendas de que tardaría en volver al menos media hora. Desde el balcón de mi casa, mientras esperaba mi oportunidad para llevar a cabo el plan que se me había ocurrido. Le había visto salir charlando amigablemente con su acompañante. Fede pareció decepcionado cuando dije que ya pasaría otro día. Así que proseguí con mi estrategia, insinuando que si él se atrevía, a mi no me importaba ponerme en sus manos. Total sólo quería que me retocara un pelín las patillas y el cuello. La cara se le iluminó al instante y rápidamente hizo los preparativos. Por fin cómodamente instalado en el sillón giratorio aguardé a que iniciara su trabajo. Mientras manejaba las tijeras, Fede empezó a relatarme los chismes del barrio. Era un consumado parlanchín al igual que Don José y estaba al tanto de todo lo que ocurría por allí ladinamente le seguí el juego durante unos minutos, comentando que con todo lo de los estudios y la universidad, andaba un tanto desconectado de la vida del barrio. El se mostró comprensivo diciendo que era normal. Sobre todo ahora que todo el mundo va a lo suyo y no hay casi relación entre el vecindario. Por supuesto me mostré de acuerdo con el y me las arreglé para conducir la conversación hacia el tema que me interesaba. Así que empecé a contarle como el día anterior estuve apunto de meter la pata. Había confundido a una muchacha con la hermana de mi viejo amigo Luis. Menos mal que me di cuenta a tiempo comenté resignado. La hermana de Luis debía tener ahora unos veinte años y esta chica era más joven. Dije, describiendo someramente a Virginia. Fede me hizo una descripción mucho más detallada de la hermana de Luis y de sus atributos. Estaba hecha toda una mujer y seguro que en cuanto la viera la reconocería sin ninguna duda. –Comentó en tono resuelto- A juzgar por su forma de hablar comprendí que a él, la hermana de Luis le interesaba mucho más que a mi Virginia. El tema se estaba saliendo un poco de mis intereses. Pero finalmente conseguí reencauzarlo y Fede se dejó llevar por un par de inocentes y oportunos comentarios sobre la joven desconocida. El chismorreo era su debilidad y sabia de sobra a quien me estaba refiriendo con mi aparente ignorancia. Podía sacarme de dudas y ponerme en antecedentes.

Virginia era hija de Manolo el escayolista. Un hombre que se había casado a los cincuenta y pico, por medio de uno de esos arreglos tan propios de otros tiempos. Manolo no era mala persona, un tanto rudo y taciturno quizás, pero un trabajador incansable que se ganaba la vida holgadamente, no tardaría en jubilarse. Lola la madre, tampoco era ninguna niña cuando dio a luz a aquel único fruto de una unión tardía. El parto había sido complicado y la niña nació con muchos problemas. Se llegó a pensar que no sobreviviría, pero al final sí lo hizo. Aquella no era una familia feliz ni mucho menos. En el vecindario se comentaba que el matrimonio apenas se hablaba, limitándose a vivir en la misma casa. A Virginia le faltaba calor del hogar familiar. Su existencia era triste y rutinaria, sin el afecto de unos progenitores, algo mayores para criar a una hija adolescente. Además seguía teniendo una salud frágil y delicada que cada cierto tiempo le daba algún que otro susto. Con catorce años la vida de Virginia no podía resultar más complicada.
Fede relató la historia de la misma forma que podía haberlo hecho Don Francisco. Era evidente que estaba aprendiéndolo todo de su maestro, no solo el oficio. Sino hasta el más mínimo detalle de como hablar, comportarse o adular convenientemente a la clientela. Eso último fue exactamente lo que hizo conmigo a continuación. Darme un poco de coba, antes de pasarme el espejo de mano y preguntarme en tono cordial, que me parecía el resultado. Ciertamente lo había hecho muy bien y me mostré encantado, felicitándole con sinceridad. Después de pagarle y dejarle una propina, me despedí de Fede dándole las gracias por sus atenciones. Acababa de serme de gran ayuda y no sólo por el corte de pelo, que en realidad no me hacia ninguna falta. Su historia sobre Virginia era mucho más de lo que yo podía esperar. Cuando salía me cruce con Don Francisco que regresaba de su tertulia, pareció sorprendido de verme. Pero le complacieron mis felicitaciones por los progresos de su avispado aprendiz.

Un rato después acudí puntualmente a mi cita de cada tarde. Ella también lo hizo y la observé durante un instante. Entonces nuestras miradas se encontraron, haciendo que por un momento me sintiera tentado de llamarla. Aunque finalmente no fui capaz de atreverme a ir tan lejos. Que le iba a decir yo a una cría de catorce años. Que me interesaba aquella extraña vida suya. O que si alguna vez necesitaba hablar con alguien podía contar conmigo, que estaba dispuesto a ser su amigo. Por más que lo pensaba no dejaba de parecerme una locura. Pero mientras volvía a mi cuarto para meterme en los libros, sólo pensaba en una cosa. ¿Que podía haber tras aquellos ojos tristes?

viernes, 6 de mayo de 2011

Mal rollo

No sabría decir por que pero estas últimas semanas ando un tanto apático. Tal vez sea por el trabajo, el desbarajuste de estos días festivos que rompen la dinámica habitual.  O el engorro de mi alergia que me acarrea la primavera. Bueno, el caso es que  como ya habréis notado ando un poco desconectado de nuestra comunidad blogera. Por suerte parece que mi mal rollo remite y eso me ha animado a escribir este post, inspirado en algo que también me trae algo mosqueado. Mi mujer creé que aunque raro al asunto no hay que darle muchas vueltas, probablemente tenga razón, pero en fin vosotros decidiréis.


Como ya he comentado en alguna ocasión. Tengo una perrita, –Dana- una cocker spaniel azul, cariñosa y zalamera. Es una animal muy sociable que en cuanto salimos a la calle busca llamar la atención de la gente. Así que desde que la tengo, he pasado de ser el vecino que saludaba de pasada, breve y educadamente. A  tener una relación de lo más sociable con el vecindario. Incluso gente que asegura que no le gustan los perros acaba saludándola  a fuerza de verla reclamar atención. Por si faltaba algo, vivimos a doscientos metros de una guardería y claro esta la pierden los niños. Por lo que si en ocasiones nos cruzamos con alguno que va llorando, podemos acabar montando un espectáculo. Una situación impagable esa abuela o esa madre intentando explicarle a la perra –que también gimotea desconsolada - por que llora el niño/a. Lo dicho un espectáculo.
El caso es que en el edificio de enfrente vive un matrimonio a los que siempre les ha hecho mucha gracia la perra. Ellos ya tenían un par de perritos mestizos antes de que a nosotros nos regalaran a Dana. Al principio, cuando empezaron a vernos a mi mujer y a mi pasearla. Siempre se acercaban a saludar y acariciarla. La esposa aseguraba que a su marido –que es un poco más retraído- le encantaban los cockers, y que la nuestra le tenía hechizado. Pero claro teniendo ya dos perritos coger otro ni pensarlo. La cosa siguió así durante meses. Dana por supuesto estaba encantada, cada vez que les veíamos tenía una buena ración de caricias.
A principios del año pasado mi mujer y yo comentábamos que ya no veíamos pasear a los vecinos con sus perros. Tampoco se veía como antes, a los animales asomados a la ventana de primer piso viendo pasar a la gente. Una tarde mientras paseaba a la perra les vi llegar con el coche y por supuesto Dana quiso acercarse a saludar. ¡Sorpresa¡ Traían un cachorro… una cocker color canela que ladró asustada al ver acercarse a una sorprendida Dana. Mientras el tranquilizaba al cachorro, la esposa me contó que habían llevado los dos perros a casa de sus padres. Se les había presentado la ocasión de comprar aquella perrita y el marido estaba súper ilusionado. En realidad buscaban un ejemplar azul como Dana, pero el criador solo tenía una camada de color canela. La perrita era un primor y les deseé que la disfrutaran y al llegar a casa se lo comenté a mi mujer que se quedó tan sorprendida como yo. Con lo satisfechos que siempre habían parecido estar con los perritos. Comentamos recordando a los dos animalitos.

                                                    
                                              

No volvimos a verlos, ni tampoco a la cocker canela. Según me contó la vecina unos meses después. La perrita resultó ser muy revoltosa, y tras un par de incursiones contra cortinas y sillones, decidió llevarla con los otros perros. El chalet de sus padres tiene parcela y allí los perros están mejor que en un piso. Encantada, Dana siguió recibiendo mimos y caricias.
Pasado un tiempo, una mañana mientras la paseaba miré distraído hacia la ventana de mis vecinos. Creí estar alucinando. Donde en otro tiempo se podía ver asomados a sus dos primeros perritos. Distinguí claramente una cabecita de lo más familiar.
-Los vecinos ya tienen su propia Dana- le dije a mi mujer cuando volví a casa. –Bueno no se si también será hembra, pero desde luego es un cachorro de cocker azul  clavado a Dana.- añadí, consiguiendo dejarla totalmente desconcertada.

Resultó ser una perrita, bueno mejor sería decir que resultaron ser dos, la perrita que yo había visto y su hermano un cachorro de pelo negro brillante. Mi mujer alucinó en colores, cuando nos encontramos a la vecina acarreando hacia el coche una jaula de viaje desde la que los dos cachorros nos miraron somnolientos. La perrita era idéntica a Dana y según nos explicó la vecina tenía sus mismas características. De hecho muy probablemente estuvieran emparentadas. Dado que el criador al que habían acudido es el mismo a quien nuestros amigos compraron a la madre de Dana. Por desgracia la primera perrita, la cocker canela, había fallecido a causa de una infección. Así que al empezar a buscar otra criador les confirmo que en esta ocasión si tenía una perrita como la que querían desde un principio. De entre toda la explicación ni a mi mujer ni a mi nos quedo muy claro que pintaba el otro cachorro en todo aquello. Pero la vecina parecía encantada, hablando maravillas del carácter apacible y cariñoso de la perrita. A mi todo esto me mosqueo un poco, especialmente por que una vez más no hemos vuelto a verles con ningún perro. Cuando nos los cruzamos el marido ya apenas nos presta atención limitándose a un saludo breve y apresurado. Ella sigue comentando que su perrita es muy buena –al cachorro ni nombrarlo- y saluda a Dana. Aunque la perra no parece tan ansiosa por estos mimos como antes. Vale, tampoco es que quiera hacer un drama de esto. Como dice mi mujer, que su comportamiento es un poco raro, si, lo es. Pero que lo más probable, es que la vecina haya decidido seguir teniendo la perra en casa de sus padres para evitarse tener que limpiar los pelos. Seguramente tiene razón pero tanto trasiego me mosquea. Por otra parte el cambio de actitud de Dana respecto a los vecinos es evidente. Y si hemos de tener en cuenta ese sentido especial que se supone tienen los perros para percibir cambios de comportamiento en las personas. Pues eso, supongo que entenderéis que sienta un cierto mal rollo.

viernes, 22 de abril de 2011

Koroliov. Historia de un desconocido.


        
La semana pasada se conmemoraba el cincuenta aniversario de la primera salida del hombre al espacio. El cosmonauta soviético Yuri Alekséyevich Gagarin escribía para siempre su nombre en la historia. Completando con éxito una misión, que confirmaba la hegemonía soviética en lo que por entonces empezaba conocerse como la carrera espacial. En la que sus rivales estadounidenses tenían que contentarse con ir a remolque. Los soviéticos ya habían sido los primeros en poner en orbita un satélite, el Sputnik y un ser vivo Laika. El nuevo éxito obtenido con el vuelo de Gagarin era pues la guinda del pastel. Pero detrás de todo esto como suele ocurrir con casi todas las cosas existía una larga en interesante historia.
                                                       
                                                 

Hace unos años la BBC produjo una mini serie que con el titulo de – como no – La carrera espacial. Relataba los entresijos de todo lo sucedido en aquellos años. Éxitos, fracasos, traiciones, la historia reúne todos los ingredientes. Si bien en su momento, se presentó como una muestra del poderío industrial y la capacidad de innovación de las dos súper potencias. A la hora de afrontar un reto tecnológico y científico. La rivalidad entre América y la Unión Soviética en este asunto tenía realmente un interés militar. Así que ninguno de los dos bandos dudo en echar mano de lo que fuera necesario a la hora de anticiparse a su rival y alcanzar sus objetivos.








Tras ciertas reticencias iniciales y forzados por la acuciante necesidad de resultados. Los norteamericanos terminarían confiando su programa espacial a Wernher von Braun. Un científico alemán y antiguo oficial de las SS, inventor de los cohetes V2, que durante el último periodo de la segunda guerra mundial, los nazis lanzaron indiscriminadamente sobre Londres. Paradójicamente, un ex nazi cuyos mortíferos cohetes fueron fabricados por esclavos judíos, a cabó pues dirigiendo el programa espacial Norteamericano. Convirtiéndose en un personaje mediático que igual protagonizaba portadas de revistas. Que presentaba programas de divulgación científica para millones de telespectadores. Todo esto era seguido con el máximo interés por su desconocido rival en el bando contrario. Si la historia de von Braun y su camino hasta el éxito eran oscuros y enrevesados. La de Serguéi Koroliov  no se quedaba atrás.


Koroliov responsable de la impresionante cadena de éxitos del programa espacial soviético. Sigue aún hoy siendo el gran desconocido de toda la historia. En 1938 tras un prometedor inicio profesional como diseñador aeronáutico. Fue condenado sin pruebas por un supuesto delito de malversación. Pasaría seis años en el brutal “gulag” siberiano de Kolima donde los trabajos forzados, la desnutrición y los castigos estarían apunto de costarle la vida. El estallido de la segunda guerra mundial y la necesidad de los soviéticos de de evolucionar armamento con que hacer frente a la invasión alemana. Hizo que la situación de Koroliov fuese revisada. Empezó a trabajar junto con otros científicos represaliados, desarrollando proyectos sobre sistemas de cohetes. Su capacidad física había quedado menguada por la estancia en el gulag, pero no así sus conocimientos que pronto le hicieron destacar. Terminada la guerra sus jefes decidieron seguir explotando las cualidades de Koroliov.
Al ocupar Alemania, el ejército soviético se apoderó de las fábricas donde von Braun y su equipo habían construido los  V2. Koroliov tendría que trasladar a Moscú  todas  aquellas piezas, maquinaria y documentación técnica para desvelar los secretos y posibilidades del hallazgo. Era un reto en el que Koroliov no podía fallar y no lo hizo. Superando todos los contratiempos, la versión soviética del V2 acabó siendo una realidad y cumpliendo las expectativas del ejercito rojo. Que por supuesto de inmediato exigió a Koroliov que desarrollara y perfeccionara aún más aquella tecnología.
Ironías del destino con apenas una parte de las teorías y conocimientos de von Braun,  y que este no lograba hacer comprender a los americanos. Koroliov sentó los cimientos de lo que sería el programa espacial soviético. Por supuesto se trato de un proceso muy largo. Repleto de presiones, inconvenientes y contratiempos a los que Koroliov hubo de enfrentarse sin descanso, con la amenaza constante de ser  destituido y caer en desgracia. Pues, ni aún a medida que se iban sucediendo los éxitos  las autoridades llegaron a proporcionarle un apoyo incondicional.   

Rizando el rizo de las ironías. Para sacar adelante todos estos proyectos se veía necesitado de trabajar estrechamente con Valentín Glushkó. Principal experto soviético en motores de cohete. En su juventud ambos hombres habían trabajado en otros proyectos pero su relación no había sido fácil. Pero además Glushkó era el responsable de la denuncia que supuso la condena de Koroliov al gulag.

La muerte sobrevino a Koroliov, cuya salud era muy delicada por su experiencia como prisionero. Antes de poder afrontar otro de sus grandes sueños, un viaje a la luna. Exceptuando a aquellos que participaban en el proyecto. Para el resto del mundo era un completo desconocido del que nada se sabía. Su persona, su propia existencia, había sido un secreto de estado celosamente guardado por las autoridades soviéticas. Que llevaron a Nikita Jrushchov a rechazar la concesión del premio Novel. Según las autoridades soviéticas los logros del programa espacial se debían al esfuerzo colectivo del pueblo y los trabajadores soviéticos. Koroliov se quedó sin premio. Sus impresionantes logros estaban a la vista de todos. Pero no fue hasta después de su muerte cuando se le concedió un mínimo reconocimiento público. Que desde luego no hizo mucho honor a sus meritos ni llegó a darle a conocer. Los nombres e historias de Gagarin, Sputnik, Laika, que quedaron en la mente del público y que se recuerdan y celebran están ligados al de Koroliov. Solo que pocos conocen, ni celebran la historia del propio Koroliov.